La idea de un número de Tópicos dedicado a la noción “dimensión semiótica” —o su uso plural, “dimensiones semióticas”— comenzó en 2022, con una contribución de Giuditta Bassano, en el marco del primer módulo, de ese año, del Seminario de Estudios de la Significación enfocado en la “Semiótica de la ciudad”, y se desarrolló el año siguiente al dedicar un módulo del Seminario específicamente a la cuestión que nos venía ocupando. En tal ocasión, se elaboró un primer texto de orientación para discernir los múltiples aspectos que articulan el tema, recurriendo a las aportaciones de Manar Hammad, Sémir Badir y Alessandro Zinna.
La entrada “dimensionalidad” del primer volumen del Diccionario de Greimas y Courtés (1982) tiene en cuenta, en primer lugar, el uso espacial de la noción de dimensión, oponiendo horizontalidad/verticalidad/prospectividad. Después de un primer acercamiento a las derivaciones del concepto de dimensión por las distintas teorías del espacio, el punto de partida fue la reflexión de Manar Hammad sobre lo que él denomina “verticalidad proyectiva”. Con esta puntualización, el autor se refiere a la geometría euclidiana, que teoriza la profundidad de la verticalidad, por oposición a la geometría cartesiana, que la considera más bien una cuestión de altura.
En los trabajos de semiótica general, y no sólo en los dedicados al espacio, la dimensión vertical parece opacada frente a la horizontal, favorecida esta última por el despliegue de programas y recorridos narrativos, así como por todo lo que la disposición sintagmática organiza, trabaja y hace avanzar. La discursividad, en definitiva, es lo que el eje horizontal recoge, manifiesta y hace más fácilmente observable a los semiotistas e investigadores de las ciencias del lenguaje. Esta visión axial retoma de hecho la distinción entre lo sintagmático y lo paradigmático, representados, para Louis Hjelmslev (1974), por la intersección entre la línea vertical del eje paradigmático y la línea horizontal del eje sintagmático, respectivamente. Esta distribución proviene, en el fondo, del asociacionismo que Saussure visualiza en dos tipos.
Por su parte, la Semiótica tensiva de Claude Zilberberg (2006) retoma explícitamente la noción de “dimensión” en el sentido propio que le da Hjelmslev:
Esta noción la hemos tomado de Hjelmslev, y más precisamente de las últimas páginas de La categoría de los casos. El término sólo aparece una vez en los Prolegómenos (p. 141). Y le permite a Hjelmslev organizar un ‘dominio semántico’ antes de que una estructura particular lo tome a su cargo. […] En la perspectiva tensiva, la intensidad y la extensidad son designadas, por comodidad, dimensiones.
Las palabras son textuales del propio Zilberberg y se encuentran en Semiótica tensiva, precisamente en la página 441, gracias a la traducción de Desiderio Blanco, Universidad de Lima, 2006. Sabemos que estas dimensiones organizan el “esquema tensivo” según dos ejes: el eje de las ordenadas, o eje vertical, corresponde a la intensidad, y el eje de las abscisas o eje horizontal, a la extensividad. Conviene recordar que el eje vertical se proyecta sobre el eje horizontal, y que las correlaciones que aparecen entre ambos en el espacio tensivo nos permitirían visualizar las articulaciones del sentido así transformadas en significación.
Sin embargo, estos ejes articulan una esquematización paradigmática, y se alejan, pues, del uso que hace Hjelmslev de “ejes” para acercarse al uso de dimensión. En consecuencia, se advierte una diferencia con La categoría de los casos en el número de dimensiones implicadas en cada análisis: en efecto, según el lingüista danés, el potencial de los casos en las lenguas se articula mediante el recurso a tres dimensiones.
Asimismo, otras acepciones de “dimensión” provienen de la lectura de los dos volúmenes del Diccionario de Greimas y Courtés (1982 y 1991), cuya entrada ya mencionamos. Uno de estos usos de dimensión se refiere a las relaciones que constituyen el cuadrado semiótico, como las dimensiones fundamentales también llamadas “ejes”; los contrarios y subcontrarios; los esquemas (positivos y negativos) que manifiestan las contradicciones, y las deixis (positiva y negativa) que indican las implicaciones. Otro de estos usos, relativo a la dimensión noológica y cosmológica, puede conciliarse con la oposición entre categorías interoceptivas (abstractas) y categorías exteroceptivas (figurativas) en relación con las categorías propioceptivas, es decir, las categorías tímicas. Teniendo esto en cuenta, la entrada correspondiente al segundo volumen rectifica la distinción entre dimensiones pragmáticas y cognitivas, añadiendo la dimensión tímica de las pasiones. En efecto, la dimensionalidad y la familia de términos que engloba, así como los conceptos que recubre, constituyen la base de la semiótica propuesta como problematización del lenguaje.
Finalmente, una última oposición que aparece en el Diccionario se refiere a la relación entre inmanencia/trascendencia. Los autores de estas líneas ya han dedicado tres volúmenes de Tópicos a describir la relación inmanencia/manifestación, que es el par que la semiótica reconoce como propio, aunque no se dejará de hacer también referencia, en esa ocasión, a la articulación entre inmanencia/trascendencia, que pertenece a otro orden del sentido. Aquí tenemos la oportunidad de volver a la dimensión trascendente, abordando la esfera de lo sagrado o del discurso religioso.
El interés suscitado por el tema que nos ocupa tiene un camino hecho en un módulo específico de nuestro Seminario, y es así como la revista Tópicos, precisamente, “del Seminario”, ha retomado esta secuencia y ha decidido ofrecerle un espacio de escritura. En consecuencia, presentamos aquí las respuestas que obtuvimos después de la convocatoria extendida a la comunidad de semiotistas a reflexionar no sólo sobre el concepto de dimensión en la teoría semiótica general, sino también sobre los diferentes casos, escenarios, espacios, temporalidades y percepciones sensibles del mundo en los que podemos observar cómo la dimensión o las dimensiones otorgan a la significación una complejidad de movimiento, densidad y espesor.
Comenzar la lectura de esta entrega de Tópicos por la semántica es dotar de una base sólida a una investigación auspiciosa, y es esto lo que podemos hacer, con gusto, los coordinadores de este dossier, aprovechando el artículo “Dimensiones espaciales y semánticas” de Manar Hammad. Iniciamos, así, la serie de artículos que ponemos a disposición de los lectores.
El autor asume de entrada que nuestra invitación a reflexionar sobre las dimensiones semióticas, tanto en el Seminario de Puebla, que tuvo lugar en un módulo del año 2023, como en este número que retoma el mismo tema, tiene que ver con una metáfora del espacio que se aplica como un recurso descriptivo en muchos ámbitos disciplinarios. Es decir, el término dimensiones pertenecería a un metalenguaje semántico, y éste tendría diversas variantes según la tradición geométrica de donde provenga. Así, Manar Hammad hace un recuento minucioso y erudito de las distintas teorías geométricas. Comienza por explicar que el término dimensión está asociado a la geometría euclidiana, que se extendió hasta el siglo XVIII, y prácticamente fue la única que se utilizó para describir el espacio, aunque Descartes, en el siglo XVII la tradujo a números y la dotó de módulos de medida. Había otras iniciativas por parte de ingenieros y cartógrafos que buscaban formas distintas de explicar los volúmenes esféricos sobre una superficie plana, pero estas apuestas fueron lentas en convertirse en teorías. Sin embargo, las revoluciones vinieron desde la aritmética, con los aportes mesopotámicos y del mundo árabe. Fue en el siglo XIX cuando los axiomas de Euclides fueron cuestionados y se advirtió que había muchas geometrías. Pero también en el mismo siglo se logró demostrar que todas eran comparables en el fondo y que no tenían por qué depender del mundo real. Ya en el siglo XX se retoma el orden lógico de las geometrías y se proyectan sobre un eje temporal, lo cual correspondería al desarrollo cognitivo y a la percepción del espacio.
El autor concluye que la noción de dimensión proviene de una interpretación espacial de los distintos modos de pensar, de hacer matemáticas y ciencias físicas; de allí puede generalizarse a cualquier ámbito científico, tomado como un microuniverso semántico, y es aplicable al ámbito social considerado como un espacio, en oposición al espacio físico. Así, las dimensiones son relativas a los diferentes dominios escogidos y son independientes entre sí. Desde este punto de vista, el significado de dimensión se convierte en los parámetros de control introducidos por la teoría para describir el fenómeno estudiado.
La segunda entrega de este compendio, “Aspectos y dimensiones”, desarrolla una hipótesis fuerte de Sémir Badir, y es que la aspectualidad implica la dimensionalidad, de tal manera que una dimensión no sería una magnitud objetiva en el sentido de que no podría ser percibida por los sentidos si no es mediante los aspectos que la construyen. Evidentemente, la noción de aspecto que el autor retoma no es precisamente la de la lingüística, sino, más bien, la que a partir de ella elabora la semiótica. Y ante esto, el lector semiotista, habituado a considerar la doble presuposición, podría preguntarse si acaso la implicación inversa tendría lugar en las reflexiones de Semir Badir. Quizás la respuesta surgiría del propio artículo donde se ofrecen diversos ejemplos provenientes del arte visual.
Resulta curioso que el autor, para adentrarse en los conceptos de aspectualidad y dimensionalidad, se fundamenta en la teoría semiótica de Claude Zilberberg, pero no para seguirla, sino, por el contrario, para hacer otro uso de las dos dimensiones, intensiva y extensiva, postuladas por Zilberberg. En efecto, Badir mantiene un uso clásico de la dimensionalidad asociada a la extensión y al espacio, y las dos dimensiones tensivas le sirven para confirmar que la dimensionalidad es extensiva, mientras que la aspectualidad es intensiva y ésta, según la articulación de los ejes de la estructura tensiva, rige la extensidad. Si la aspectualidad constituye un sujeto percibiente, en comparación con la modalidad que construye un sujeto pensante, la dimensión del espacio entraña a los sentidos, como, por ejemplo, el de la vista, el oído y el tacto. Incluso, los foremas (dirección, posición, impulso) tendrían gran protagonismo en la significación del espacio. Así, los ejemplos que ofrece el autor —obras plásticas, fotos o descripciones de lugares— presentan espacios —sean estos planos, biplanos o tridimensionales— cuya dimensionalidad, lejos de ser inteligiblemente objetiva, depende de la aspectualización del sujeto percibiente e incluso sintiente, puesto que el autor subraya que el forema del impulso, o ímpetu, concierne a la capacidad del sujeto de dirigirse a sí mismo o de autoafección. De esto se desprende que la dimensión del espacio depende de la aspectualización que aplique sobre él el sujeto percibiente.
A continuación, presentamos “Línea y fuerza de la línea en el Rayo luminoso de Paul Klee”, cuya autoría se debe a Juan García Hernández. El autor analiza el cuadro Rayo luminoso de Paul Klee desde el plano de la expresión, y se propone mostrar cómo la significación se genera en la relación dinámica entre las dimensiones icónica y plástica. Siguiendo a semiotistas fundantes de la semiótica plástica como Jean-Marie Floch y Felix Türlemann, más contribuciones metodológicas de Jacques Fontanille, García Hernández sostiene que la dimensión plástica —compuesta por elementos como el color y la línea— dinamiza las relaciones entre los objetos icónicos y produce efectos narrativos que configuran un espacio cognitivo. En el caso de Klee, la línea no se reduce a un elemento geométrico, sino que se manifiesta como una fuerza orgánica que articula el movimiento y la significación de la obra. En efecto, este artículo enfatiza que el lienzo de Klee no es la figura de un “rayo”, sino que manifiesta la fuerza de la línea que construye la dimensión del espacio. Ésta, a su vez, implica la mirada en el proceso de enunciación. El sentido emerge, entonces, en la interacción entre la línea y la mirada que la sigue. La aportación de este trabajo —concebido desde la teoría de la significación y la teoría del arte— a la problemática planteada en el presente dossier sobre las dimensiones semióticas consiste —fundamentalmente— en haber desentrañado la isotopía de Rayo luminoso, que reside en la fuerza de la línea, la que unifica los contrastes cromáticos y eidéticos en una dinámica continua.
Esta dinámica, propuesta desde la dimensión intensiva, pensamos nosotros, refuerza aún más la sugerencia de Juan García Hernández en cuanto a que esa fuerza de la línea, entendida como energía orientada, constituye un proyecto existencial, puesto que la línea da un sentido al mundo e impregna al espectador del cuadro de un vestigio fundante. Sin embargo, el ensayo parece querer ir más allá de la cuestión de la figuratividad de la representación y pone en segundo plano la dimensión celestial y cósmica de este paisaje abstracto, superando así el reconocimiento figurativo de los elementos geométricos en la luna/sol y en el astro, situado en diagonal con respecto a la luna/sol. Sugerimos la posibilidad de una narración abstracta que, desde la forma circular en la parte superior derecha, se transforma, mediante el recorrido de la línea, en la estrella situada en la parte inferior izquierda, cuya forma, virtualmente circular, se obtiene mediante la organización de líneas rectas, es decir, por irradiación. En resumen, se trata de una conciliación entre la línea y el círculo.
En el artículo “Ícono religioso en la dimensión tensiva del espacio sagrado del templo: análisis de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, Renan Ramires aplica los aportes de Jean-Marie Floch y Gerome Collin sobre los textos visuales al análisis de las réplicas del ícono mariano dispuestas en el Santuario Estatal de Mato Grosso do Sul, Brasil. Retomando también las reflexiones de Desiderio Blanco sobre la gradación tónica en el espacio del templo cristiano, el autor enfatiza que la dimensión espacial, ligada a la categoría de persona, posibilita la relación actancial del ícono religioso con el observador, tanto en el nivel del texto visual como en el del espacio sagrado donde se ubica. Esta relación se articula, primero, mediante un semisimbolismo entre el contenido —temas, figuras, tiempo, persona y espacio— y la expresión —colores, formas y disposición visual—. El cromatismo, dominado por el fondo dorado, que remite a lo divino, y las vestiduras azules, que aluden a la humanidad de María, configura un contraste significativo. Topológicamente, la disposición central de María y el Niño enfatiza jerarquías de valor, mientras que la categoría eidética proyecta una mirada directa de la Virgen hacia el observador. Nos preguntamos si la particularidad de este ícono, muy similar a los demás presentados a lo largo del texto, reside en la posición bastante singular de la cabeza del pequeño Jesús, vuelta hacia el arcángel Gabriel y apuntando a los atributos de la Cruz; es decir, a la salvación a través de la pasión que le espera.
En un segundo momento, Ramires destaca que el espacio físico del templo influye en el recorrido de la significación: la ubicación del ícono en el espacio del templo acentúa o atenúa el efecto de lo sagrado. Así, la imagen mariana genera valores eufóricos (vida) o disfóricos (muerte), según el lugar donde el sujeto devoto se encuentre con ella. En suma, enfocándose en la construcción de la dimensión espacial, el autor aporta una perspectiva sobre el recorrido de la significación que va del nivel del texto visual —el icono religioso— al de las prácticas —la devoción a la imagen mariana—, donde se condensan y se despliegan las formas de vida.
Para terminar, el trabajo de Alessandro Zinna, “Del bello gesto a la lección. La dimensión representativa en la interacción”, postula un esquema tensivo innovador que Zinna ya había presentado en otros foros, pero que aún no lo había hecho en nuestro medio; así es que lo hemos acogido con mucho interés y con el desafío de ponerlo en práctica en futuras investigaciones. Su propuesta consiste en agregar una tercera dimensión a las dos ya establecidas por Claude Zilberberg, las cuales son la dimensión intensiva y la dimensión extensiva. Se trataría en este caso de un tercer eje de control que avanza en profundidad y que da cabida en la estructura a la diversificación de los valores negativos. De modo que estos últimos adquieren mayor relevancia en el sostén y en la generación de la significación, pues siempre habrá un despliegue negativo en tercera dimensión, que muestra el espesor y la dinámica en el sistema de las oposiciones.
El autor de este artículo llega a la elaboración de un esquema tensivo en tres dimensiones, como consecuencia de un análisis del sintagma nocional bello gesto debido a Greimas, el cual estaba dentro de su proyecto inconcluso Formas de vida, y que después otros investigadores, entre los cuales está el propio Zinna, siguieron elaborando. Las conclusiones de Alessandro Zinna, al finalizar su acucioso estudio del bello gesto como propio de la tradición cultural francesa, lo llevan a decir que, precisamente, el rol de la negación —la estructura tensiva tridimensional lo hace ver de manera contundente— demuestra que la noción examinada se integra en un corpus de valores existenciales y éticos que circulan en cada cultura. De acuerdo con lo antes dicho, este artículo nos deja una doble tarea, propia de toda investigación en semiótica: por un lado, ampliar el metalenguaje y desarrollar la teoría, y, por otro, poner a prueba las nuevas adquisiciones mediante el análisis de textos provenientes de distintas culturas.
A los coordinadores de este dossier no nos queda más que auspiciar una lectura provechosa y de la cual provengan nuevas aportaciones y novedosas críticas. Queremos además agradecer a Luis Palacios Ríos su minuciosa colaboración en las tareas de preparación de los textos que conforman este volumen.