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Cuerpo, pasión y significación. Una mirada a la dimensión afectiva de lo social desde una lectura de Raymundo Mier

 

Respiramos

el reposo del lenguaje,

la emanación de tu cuerpo […]

los residuos de tu voz.

Raymundo Mier, 2019b

En las frases del tacto

hablamos lenguas opacas […]

las palabras se quiebran en las manos

como espigas inaudibles

como astillas de la vigilia

a tientas arrecifes de silencio […]

Raymundo Mier, 2019b

 

En este texto realizaré una reflexión sobre la noción del cuerpo desde una lectura de Raymundo Mier. Intentaré observar cómo nuestro profesor se sumergió en la investigación de la dimensión afectiva y pasional de lo humano para comprender sus implicaciones en la construcción simbólica de lo social. Haré una primera aproximación al análisis que realizó en torno a la experiencia de lo íntimo como algo constitutivo de lo colectivo; como aquello que lleva a las estructuras e instituciones a un devenir constante entre la significación y sus linderos. Este ensayo será una mirada que da atisbos y apenas roza la profundidad y la riqueza que nuestro profesor nos mostró en el mar de reflexiones y de cuestionamientos acerca de este problema. Será también un diálogo un poco aventurado con sus textos, con sus voces, sus silencios, que aún resuenan en el asombro de nuestros encuentros, a la luz imborrable de todos sus intercambios y sus enseñanzas. Y lo haré desde un lugar de profundo cariño, respeto e inabarcable agradecimiento.

Tocar el tema del cuerpo en la obra de Raymundo Mier resulta un gran desafío, porque, a pesar de que son pocos los textos que dedicó explícitamente a su análisis, su obra está impregnada del cuerpo. Es decir, la reflexión sobre el cuerpo y lo que implica su experiencia está diseminada entre sus páginas, y me atrevería a decir que, incluso, en su escritura dejaba parte de su propia experiencia afectiva-corpórea. El acontecer de la afección, del deseo y de la pasión permeaba incesantemente sus análisis sobre el lenguaje, el sentido o la significación. Fueron las potencialidades abiertas del lenguaje, inmersas en los modos de entender la vida, las sensibilidades, los vínculos, las experiencias, lo que inquietaba muchas de sus discusiones. Sus reflexiones partían de un análisis marcado por una constante tensión entre el imperativo de la colectividad o el territorio de lo instituido y el acontecer singular de los vínculos, precisamente, de aquellas experiencias que transitan en los intersticios de lo normado y de sus desbordamientos.

El cuerpo, en su reflexión, no podía ser visto sino como un vértice o un vórtice (como el solía decir) de una multiplicidad de manifestaciones:

el cuerpo biológico, el cuerpo pulsional, el cuerpo sometido al proceso de individuación, el cuerpo como sustrato del proceso de subjetivación, el cuerpo como asiento de las capacidades cognitivas, el cuerpo como matriz de simbolización, el cuerpo como recurso y objeto de la memoria, el cuerpo como el punto de partida del régimen de identidad, el cuerpo como figura y espectáculo, como repertorio de efigies, como destino de disciplinas y saberes (Mier, 2009, p. 2).

Sin embargo, dentro de esta diversidad de fenómenos, podríamos preguntarnos: ¿a qué se refería Raymundo Mier cuando hablaba de cuerpo? Más que llegar a una conclusión, lo cual resultaría casi imposible, me gustaría desarrollar una reflexión que tal vez nos permita aproximarnos a una de las formas en las que abordó al tema de la corporalidad. Para ello, retomaré el problema del dualismo mente/cuerpo, sensibilidad/racionalidad, a partir del cual Raymundo propuso una reflexión acerca de la composicionalidad y de la mutua afección de estos “polos” para sumergirse en sus paradojas.

Aproximarnos al tema de la dualidad nos lleva a una discusión arraigada en la epistemología occidental moderna, desde la cual la identidad de el sujeto se encuentra escindida de su experiencia corpórea; es decir, su cuerpo se torna en la otredad desvinculada de su identidad racional. Para El sujeto racionalista de la modernidad occidental, el cuerpo se ha concebido como aquello otro que lo excede y que, por tanto, puede objetivizar (el cuerpo-objeto, cuerpo-máquina). En este sentido, el cuerpo no puede definirse sino conforme a la noción binaria de mente/cuerpo, sujeto/objeto, racionalidad/sensibilidad, cultura/naturaleza.

Podemos decir que este dualismo, que subyace a la problematización acerca de la esencia de el sujeto occidental y al cuestionamiento por los límites que definen la inteligibilidad de su experiencia, tomó como base una epistemología en torno a dos fenómenos aparentemente contradictorios: la racionalidad y la sensibilidad. Fue precisamente bajo esta escisión que comenzó a enarbolarse la supremacía de la racionalidad, arrojando al exterior aquello que excediera sus límites: lo afectivo, lo sensitivo, lo ilógico, la naturaleza y, dentro de ello, sería colocado el cuerpo. Así, a partir de la ontología dualista, lo innombrable, el silencio, los límites del mundo del lenguaje en los que se juega la dimensión afectiva del cuerpo, se vuelven parte de esa realidad externa casi impenetrable por una racionalidad que podría dominarlo casi todo.1

Ahora bien, dentro del análisis social, este dualismo se reflejó en posturas antropológicas que privilegiaban el estudio de lo social como representación cultural —particularmente, desde una mirada estructural-funcionalista— por encima de la reflexión en torno a los procesos subjetivos e íntimos que conllevan toda experiencia vincular. De tal forma, el universo de lo singular, en donde se expresa lo afectivo o lo pasional del vínculo, comenzó a tomar un eje secundario o incluso omitido. Ante este binarismo, Raymundo Mier optó por sumergirse en la problematización de sus tensiones. Y, para ello, se adentró en el análisis de la dimensión afectiva de lo humano, en donde el deseo, la pasión o el extrañamiento propio del lenguaje son ineludiblemente inherentes a la experiencia social. Raymundo se aproximó constantemente a ese espacio vertiginoso que se muestra en los límites de lo normado; intentó tocar incluso las pautas de lo indecible para después volver al análisis del espacio instituido. Ir de la estructura a sus bordes, ir del exceso a la edificación de lo significado, resultaba para él un acto reflexivo necesario.

Para poder realizar este movimiento, Raymundo Mier se adentró en la comprensión del lenguaje y del acontecimiento; este último concebido como aquello que irrumpe de manera incalculable en la experiencia social, aquello que, en sus palabras:

desplaza lo vivido a un lugar equívoco o ambiguo, equívoco, se confunde siempre con lo penoso o con lo desconcertante, con lo doloroso o con lo hiriente. [pero] Acaso aparece también como milagro, como epifanía, como conjuro o como curación, pero no pierde en ningún caso la fuerza perturbadora de lo inaudito, de lo incalculable. Y, en un sentido, esta condición de inaudito quebranta el curso de la vida, empuja a un reacomodo de las prácticas, a una recomposición de los hábitos (Mier, 2015, p. 29).

Y mirar lo inaudito o lo incalculable de lo vivido no implica colocar lo subjetivo por encima de lo estructural o lo normado, sino comprender este constante movimiento en el que todo hábito, toda repetición de la cultura, es tocado por el acontecimiento que, por momentos o por instantes, transforma sus ritmos y significados. Desde esta perspectiva, la investigación de Raymundo ahondó en el análisis de lo ambiguo o lo paradójico que implica la experiencia vital del acontecimiento; es decir, de aquello incomprensible o desconcertante inherente a la vida misma que desestructura o desborda por momentos los límites de las prácticas cotidianas, para entonces comprender la emergencia de sentidos múltiples y, tal vez, de nuevos significados. Y recorrer el trayecto de la afección y de la pasión hacia la significación, y a la inversa, difícilmente podría eludir el problema del cuerpo.

Entonces, ¿a qué se refería Raymundo cuando hablaba de cuerpo? Podríamos decir que a un cuerpo que se encontraba inmerso en su movimiento, esto es, en el régimen de las percepciones, las afecciones y las pasiones. Era el cuerpo-acción, movido y moviente, aun en su aparente pasividad; afectado y afectante, expresivo, constructo y constructor de simbolismos. Pues, como Raymundo advertía recordando a Spinoza, “nadie sabe lo que puede un cuerpo”, ya que el cuerpo emerge en su acontecer constante, precisamente, “en el encuentro con otros cuerpos, en la génesis del vínculo y en la conjugación y la composición de sus potencias” (Mier, 2009, pp. 2-3). El cuerpo es, decía nuestro profesor: un cuerpo colectivo, un cuerpo político, porque deviene en vínculo y, por ello, no puede ser sino un cuerpo deseante. En sus palabras: es un “Impulso de transfiguración como recreación potencial de una anticipación de sí como otro” (p. 4).

El cuerpo deseante emerge en el acontecer del encuentro; aparece en el movimiento continuo y en la figuración del vínculo (de la anticipación de sí como otro). Respecto a esto, nos señala:

Esta permanente recomposición de la esfera de lo propio cancela el dualismo entre cuerpo y mente: el sujeto surge como composición y afección recíproca de ambos. Spinoza había advertido ya en esta composicionalidad un suplemento: la potencia como una calidad en devenir engendrada desde el vínculo; de la composicionalidad, al mismo tiempo advenimiento y necesidad, surge la conjugación de afecciones que instaura un tiempo propio ya no de un sujeto en sí sino del vínculo mismo: el tiempo del sujeto aparece así como la síntesis que conjuga potencia, devenir y deseo en las expresiones y desempeños del cuerpo (Mier, 2009 p. 4).

Raymundo nos invita a pensar en el deseo como creador de las temporalidades del vínculo, siempre en el devenir de las experiencias corpóreas que afectan, que se componen una y otra vez en el devenir del encuentro. Sin embargo, él mismo advierte que el deseo no se ciñe a los límites carnales del cuerpo: los excede. Cito:

[el deseo es] irreductible a los límites de la carne, situado más allá de los márgenes de la propia condición corporal y afectiva, instaurado en las condiciones significativas del vínculo como fundamento de sentido. Impulso de transfiguración como recreación potencial de una anticipación de sí como otro, desde el devenir del vínculo (Mier, 2009, p. 4).

El deseo emerge, así, desde su mirada, del vínculo como dimensión significativa de los cuerpos, y lo hace precisamente como raíz de la construcción del sentido. Esto nos sumerge en otro cuestionamiento: ¿a qué se refiere Raymundo cuando habla del sentido? ¿Por qué señala que el deseo es irreductible a los límites de la carne? Tal vez, aventurándonos a responder —y acercándonos a Gilles Deleuze a quien Raymundo conocía profundamente—, diremos que el sentido del que habla es aquel que emerge de las afecciones y de las pasiones de los cuerpos, pero tan sólo como un efecto de superficie, pues, necesariamente, se expresan en los propios actos del lenguaje, aunque no correspondan enteramente a sus conceptos. Dicho de otra forma, el sentido aparece como lo incontrolable de la propia expresión: excede la lógica de la palabra y del propio cuerpo. Y esto sucede porque, a pesar de que el lenguaje tiene una correlación íntima con los significados y con la lógica del concepto, el propio lenguaje surge de una multiplicidad de aquello que aún no ha sido nombrado o significado; concierne, en cambio, al ámbito de los deseos y de las pasiones del cuerpo. Hay, por ello, bajo una misma palabra, muchas cosas que decir, muchos sentidos que expresar: ya sea con tonalidades, con gestos, con toques, con disyunciones, titubeos, con cortes o balbuceos que, definitivamente, no permiten asir completamente el significado de lo dicho. Por este motivo, el sentido es la expresión del contenido latente sumergido en el lenguaje que no se constriñe completamente al cuerpo, pero tampoco a la palabra; emerge como la piel entre ambos. Implicaría, por un lado, lo expresado instalado en los cuerpos y, por otro, la designación de las proposiciones del lenguaje. El sentido se constituiría como la membrana que asegura la resonancia entre ambos.

Y no hay proceso de significación que pueda escapar al movimiento múltiple del sentido. Es decir, si la significación es posible, es porque detrás de ella emerge el devenir incesante del sentido. Y este devenir se expresa al movernos, al actuar, ya sea a gritos, con silencios, con palabras, con toques, apenas con algunos gestos, y lo hace siempre envuelto en el deseo, las afecciones y las pasiones del cuerpo.

Podríamos decir, siguiendo a nuestro profesor, que el cuerpo es una expresión pasional, y con expresión se referiría a un cúmulo de afecciones desencadenantes, a una serie abierta, inacabable. Y, como él mismo señala, “las pasiones surgen con la experiencia misma de los linderos de la palabra. Las pasiones no pueden sino expresarse en las formas oblicuas del lenguaje, se apuntalan en las aristas y los pliegues del sentido” (Mier, 2019a, p. 204). El cuerpo es, por ello, fundamento pasional de la significación; expresa las texturas del vínculo a través de su movimiento expresivo. Y no podemos olvidar que lo colectivo es el impulso creador, raíz de todo devenir creativo del sentido.

Respecto a esto, Raymundo escribiría: “la corporalidad en su devenir afección y pasión revela el juego inmerso en la dinámica social, sus patrones de composición” (Mier, 2009, p. 4). Es decir, en el devenir sentido del cuerpo, lo íntimo revela lo colectivo. Y esto implica que lo social no puede escindirse de lo íntimo, y lo íntimo no puede deslindarse de lo social. Asimismo, lo racional, lo reflexivo, aparece como una respuesta al acontecer del mundo pasional de lo humano; en palabras de Raymundo, lo reflexivo emerge “como un impulso ante la emergencia de lo que perturba, ante la irrupción de lo incalificable y que reclama un hacer destinado a la restauración —transitoria— de la certeza” (Mier, 2009, p. 6).

El cuerpo, desde su mirada, “se inscribe en el vértice: al mismo tiempo inherente y extrínseco a esa aprehensión racional y a la plena formación del juicio” (Mier, 2009, p. 6):

[El cuerpo] aparece así bajo dos calidades distintas; por una parte, el cuerpo significado, sometido a todos los juegos de normatividad, institucionalidad, técnicas específicas, disciplinas, ordenamientos rituales, génesis simbólica de las identidades; y, por otra parte, el cuerpo como el lugar de la acción de afección, impulso y creación, lugar de perturbación, pero también perturbador, de incidencia sobre el campo de la significación (Mier, 2009, p. 6).

El cuerpo, entonces, es la expresión de esta tensión que señala, por un lado, los horizontes normativos, los regímenes de inteligibilidad y significación, y, por otro, su capacidad de perturbación. Esto es, el cuerpo en su acontecer aparece como singularización radical que se sumerge en el equívoco de lo inesperado, que quebranta los modos del hábito para entonces transformarlos. Y, al mismo tiempo, el cuerpo es el hábito mismo, es repetición incesante, signos y significados que, en su iteración, deviene intensidades múltiples del sentido. Respecto a la conformación de la norma, revela, en sus palabras, “eficacias diversas del control y trayectorias discordantes de la fuga, la desestimación de la norma o su desbordamiento […] [Hace] también visibles los márgenes de su eficacia o de la transgresión” (Mier, 2009, p. 7).

En su actuar, el cuerpo recrea la trama de vínculos, sus dimensiones simbólicas, sus ritmos de ordenamiento, pero, a su vez, se sumerge en las dinámicas sensibles de su experiencia vivida: es afectante y afectado; se envuelve en pasiones y en sus posibles desbordamientos. En palabras de Raymundo (2009), “disloca incesantemente los márgenes de lo previsible, las prescripciones y negaciones de los saberes, los linderos y la fuerza de la norma” (p. 7). El cuerpo revela las formas expresivas de lo pulsional, los sedimentos del deseo, pues es materia sonora, materia táctil, materia sensible creadora de sentido; es gestualidad, colores, líneas, temperaturas, figuras, texturas, movimientos. Y esta materia se inscribe en el proceso de semiosis.

Más allá del dualismo, lo que nos mostró Raymundo Mier es que el cuerpo, más que un cuerpo, es un régimen de otredad, una afirmación del sí deviniendo otro. Es aquello que confirma y a su vez excede lo normado del vínculo y de sus hábitos. El cuerpo es una expresión pasional, pues la pasión —diría nuestro profesor— supone su realización en un acto de significación, en un acto lingüístico o semiótico que involucra al otro. Cito: “Las pasiones suponen la intervención simbólica, requieren ser reconocidas, nombradas, objetivadas y asumidas como propias del mismo horizonte del sujeto y en la dimensión de lo político, creación incesante de significación en un movimiento de la invención permanente de lo posible” (Mier, 2019a, p. 192). Y, sin embargo, las pasiones rebasan el horizonte de las palabras, como él mismo describe:

una rabia incontenible, una tristeza devastadora, una melancolía mortífera, una alegría exultante, un asombro desgarrador; suponen una naturaleza pasional que desmantela la fuerza identitaria del nombrar. El nombre se vuelve una señal, una mera indicación de esa intensidad que se despliega en una zona inaccesible de la nominación. Así, la hybris pasional hace patentes rasgos, magnitudes e intensidades pasionales no consideradas dentro del propio marco derivativo (Mier, 2019a, p. 194).

En otras palabras, el decir del cuerpo expresa los sedimentos del deseo, de la afección y de la pasión, y esto es, a su vez, el fundamento de todo sentido y de toda significación.

Raymundo nos propuso realizar un trayecto de reflexión: ir de la afección a la significación, y, a la inversa, ir de lo significado a los límites de lo nombrado. Esto permite abordar los estudios sociales más allá de los rezagos del dualismo que nos fue heredado. Raymundo Mier abrió, con todo su legado académico y afectivo, con sus clases, con sus múltiples investigaciones y escritos, un mundo para el estudio antropológico actual, desde una mirada compleja a la vida y a la experiencia humana, en donde lo estructural y las prácticas narrativas de la cultura no están escindidas de las potencialidades creadoras de todo acontecimiento y de toda experiencia singular de lo íntimo. Desde diversas intersecciones disciplinarias, que eran parte de su vasto dominio —la filosofía, la lingüística, la antropología, el psicoanálisis, la estética, entre otras— nos invitó a observar en la experiencia afectiva del deseo y de lo pasional la constitución de lo político, y a atrevernos a explorar el devenir de lo equívoco o lo desbordante, que indudablemente forma parte de la vida social. Nos llevó a acercarnos a los límites de lo innombrable que también es el cuerpo, y a volver con estas experiencias para comprender los hábitos de la cultura. Esto, entre muchas otras cosas, fue el legado abierto e inconmensurable que nos dejó nuestro querido profesor, Raymundo Mier.

De esta forma, poder observar en lo íntimo de la experiencia del deseo y lo pasional la constitución de lo político.

Referencias

1 

Mier, R. (2009). Cuerpo, afecciones, juego pasional y acción simbólica. Reflexiones encarnadas. Antropología del cuerpo. Antropología. Revista Interdisciplinaria del INAH, (87), 11-21.

2 

Mier, R. (2015). Ritualidades mágicas: relevancia pragmática y liminaridad. Dimensión antropológica, 63, 7-40.

3 

Mier, R. (2019a). Configuraciones pasionales: hacia una dialógica de la experiencia afectiva. Tramas. Subjetividad Y Procesos Sociales, (51), 175-211.

4 

Mier, R. (2019b). Tetraedro/Caleidoscopio (1977-2015). UAM Xochimilco.

Notes

[1] Esta concepción binaria en torno al cuerpo tiene diversas consecuencias en nuestra cultura: por un lado, la posibilidad de cosificar todo aquello que no corresponda a la identidad unívoca y heteronormada de El sujeto racional; por otro lado, una problematización continua alrededor de qué es lo que determina la experiencia legítima de El sujeto y de su identidad equiparada con la de lo humano, lo que implica la construcción de una ética y una política de la exclusión.

 

Acerca de la autora

Nayeli Pérez Monjaraz es etnóloga por la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México y doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Se especializó en el área de estética y filosofía de la cultura. Su línea de investigación se centra en el estudio antropológico-filosófico de las implicaciones de la experiencia corporal en la construcción del sentido social. Algunas de sus últimas publicaciones son: “¿Qué constituye una vida inteligible y qué no? Una crítica a la construcción dualista del sujeto moderno”, en Revista Intersticios (2022): “Cuerpo, desigualdad y violencia de género: un primer acercamiento a la pedagogía de la crueldad de Rita Segato”, en el libro Igualdad de género, una mirada feminista desde el Trabajo Social (UNAM, 2022); “La importancia de una pedagogía del cuerpo en la investigación de violencia de género”, en el libro Género y Trabajo Social (UNAM, 2023)