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Una larga experiencia de amistad y diálogos

 

Conocí a Raymundo Mier en los primeros años de la década de 1970, cuando yo era estudiante de la Universidad Iberoamericana y él, de Ingeniería Química en la Facultad de Ingeniería de la UNAM. Lo vi por primera vez tocando el saxofón como parte de un grupo de soul el día de la comunidad de la Ibero, invitado por César Morales y Sergio Chagoya, compañeros míos de la carrera de Ciencias y Técnicas de la Información. Ese contacto fugaz adquirió relevancia cuando nos reencontramos como profesores de la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación de la UAM-X. Raymundo, ingeniero, se había movido hacia la lingüística, los estudios del lenguaje y la antropología social, asignaturas que impartía en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.1

A contrapelo de las lógicas institucionales y gracias a su capacidad intelectual y amplio conocimiento en lingüística, obtuvo formalmente el grado de licenciado en Lingüística de la ENAH, acreditando las materias al tiempo que las impartía. Asimismo, tuvo una participación significativa en el diseño del posgrado en Ciencias Sociales de la UAM-X sin ser doctor; grado que obtuvo posteriormente en la Universidad de Londres.

Con el liderazgo intelectual de Héctor Schmucler (inolvidable “Toto”), participamos juntos en la construcción de la Licenciatura de Comunicación Social de la UAM- X y colaboramos en el comité editorial de la revista Comunicación y cultura. Desde el Departamento de Educación y Comunicación impulsamos la creación del Área de Investigación Básica y Documental, un espacio académico interdisciplinario en el que convergían la filosofía, la antropología, la semiótica y la filosofía del lenguaje, el psicoanálisis y la sociología. También colaboramos en la creación de dos revistas: Versión. Estudios de Comunicación y Política y Tramas. Subjetividad y procesos sociales, así como en cuatro programas de posgrado: las maestrías de Comunicación y Política y de Psicología Social de Grupos e Instituciones, con sus correspondientes áreas en el Doctorado en Ciencias Sociales.

Gracias a los Seminarios del Área de Investigación Básica y Documental en Ciencias Sociales, de los cursos del Doctorado en Ciencias Sociales y de la Maestría de Comunicación y Política impartidos por Raymundo, no sólo descubrí, sino que también conocí el pensamiento de autores como Arendt, Pierce, Deleuze y Derrida, entre otros muchos, que han sido fundamentales en mi formación intelectual y en mi trabajo de investigación.

Nunca antes de la noticia de su enfermedad y su muerte intempestiva me puse a pensar en Raymundo como el intelectual que fue. Siempre viví nuestra amistad en el presente continuo, en los avatares de la vida cotidiana, con momentos de mayor o menor cercanía según las vicisitudes diarias. En un tiempo, nos encontrábamos con frecuencia para desayunar en el café de Sanborns de Perisur; su lugar de elección para recibir y conversar con las y los amigos. Generalmente, cuando no se había olvidado de nuestro encuentro, lo encontraba esperando con un café, leyendo un libro, con su pluma fuente y su libreta forrada de cuero en la que hacía sus apuntes, con una letra cuidada y clara; unos apuntes limpios y ordenados, que mostraban su aprecio por la palabra escrita. Hablábamos del país, de la universidad, de nuestros proyectos académicos en común, de los temas que yo estaba trabajando, de mis hijas, mis amores y desamores; a veces de su estado de ánimo o del cuidado de sus padres. Veo, con pesar y pena, que hablábamos más de mí que de él.

Ahora, en su ausencia, me ha venido su presencia a la memoria a través del recuerdo de ciertos comentarios de algunos amigos en común que lo pintan de cuerpo entero.

En una ocasión, encontré a Carlos Pereda en el café Moheli en Coyoacán, y me preguntó “¿Cómo está nuestro amigo Raymundo? ¿Sigue con su ‘erotismo’ por la docencia?”. Sí, la docencia era para Raymundo una parte sustantiva de su compromiso político. En sus clases, más que ofrecer respuestas, las destruía, despertaba dudas. Con base en un ejercicio crítico sin concesiones, procuraba estimular la creatividad intelectual de sus estudiantes, aunque en ocasiones también los intimidaba. La docencia era su vida: el espacio para pensar, siempre en diálogo con sus alumnas y alumnos en un vínculo estrecho y comprometido.

El filósofo español José Miguel Marinas me preguntó en una ocasión si Raymundo seguía siendo el “crítico irreverente, implacable y provocador” que él había conocido en un congreso de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En efecto, Raymundo se caracterizó por la crítica impiadosa de las figuras consagradas en las modas intelectuales, y, sobre todo, de sus devotos seguidores; una crítica basada siempre en el conocimiento de las respectivas obras. Raymundo se oponía a toda forma de dogmatismo que obstruyera la libertad de pensamiento.

Tere Carbó, en alguna ocasión, lo describió como un intelectual del siglo XVIII, interesado y experto en todos los campos del saber, desde las matemáticas y la música, pasando por la filosofía, la literatura, el psicoanálisis, la lingüística hasta la filosofía del lenguaje. Aprendió francés y alemán de forma autodidacta para leer a los autores en su lengua original. Su curiosidad incansable, y los temas que abordó en su vasto trabajo de escritura, desbordan los límites disciplinarios. Fue inadecuadamente valorado (a menudo incomprendido) por un mundo académico cada vez más enfocado en el conocimiento instrumental, la eficiencia, la especialización, la búsqueda de certezas y la intolerancia a la incertidumbre que provocan los espíritus inquietos como el suyo.

Raymundo fue un autor prolífico. Escribió cuento y poesía además de innumerables artículos de investigación y ensayos académicos, en la convergencia de distintas disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades. Muy especialmente, se interesaba en distintos aspectos de la antropología, la psicología social, el psicoanálisis, la política y el estudio de múltiples lenguajes: música, fotografía, cine. Una escritura densa y compleja, a veces difícil de seguir, en la que emerge la tensión permanente entre su espíritu democrático, por un lado, y, por el otro, una necesidad urgente de evitar los lugares comunes y cualquier modalidad de simplificación reduccionista.

Su estilo de escritura se caracterizaba por la búsqueda insistente de las palabras y las múltiples formas en que un fenómeno o un objeto puede ser analizado, descrito, pensado. Una escritura que, en el filo de la distancia insalvable entre el signo y la realidad que nombra, transmite ante todo incertidumbre porque las palabras no alcanzan a formular la complejidad de una realidad en constante cambio, inasible, evanescente, incierta, ni el carácter enigmático de las personas, las cosas, el mundo, que intenta describir, expresar, asir. Suya era la extrañeza ante la polisemia del signo, el desplazamiento permanente del sentido que, a su vez, permite la creación e imaginación de mundos posibles, reconociendo sin temor la presencia del malentendido, el error, la mentira y el engaño. El lenguaje humano: única vía para conocer y comprender el mundo.

Desde mi punto de vista, la complejidad de su escritura constituye un esfuerzo interminable, y hasta infructuoso, de expresar la complejidad del mundo; una lucha permanente en contra de toda forma de reduccionismo; una búsqueda incesante del sentido, y, podría decir, parafraseando a Barthes, en el anhelo de la máxima expresividad del sentido, un juego de vértigo, manifestación de su espíritu crítico, rayano en el escepticismo.

Para Raymundo Mier, la significación no es lo mismo que el significado. La significación es el resultado de la experiencia singular del mundo, del cuerpo y de los vínculos; un proceso de semiosis infinita. La significación como proceso de semiosis se distingue radicalmente del significado de las palabras en el universo de la lógica formal.

En contraste con la condición incierta del lenguaje, Raymundo creía profundamente en el tejido efímero, aunque auténtico, de la acción colectiva. Se interesó en el estudio de la magia y el ritual como espacios de construcción social de los vínculos como experiencias de vida, creencias colectivas con eficacia simbólica, más allá de la comprensión racional. Esa ligazón se materializa en la acción ritual, y es donde se abren múltiples posibilidades de creación de alternativas políticas.

Músico, poeta, deportista, escritor, maestro y pensador de amplios horizontes, Raymundo Mier fue un entrañable amigo. Su legado, para mí, se nutre de su solidaridad, compromiso y espíritu crítico. Un personaje paradójico, profundamente escéptico de la posibilidad de comprensión del mundo, las personas y las cosas, aunque convencido de la fuerza de los vínculos y de las posibilidades de la acción política como labor colectiva.

Notes

[1] Algunos años después, me invitó a participar como sinodal en su examen de pregrado con una tesis pionera en el estudio de la radio como lenguaje, que posteriormente se convirtió en el libro titulado Radiofonías.

 

Acerca de la autora

María del Carmen de la Peza Casares es doctora en Filosofía de la Universidad de Loughborough (Reino Unido). Profesora Distinguida de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, en México; investigadora emérita del Sistema Nacional de Investigadores e investigadora y miembro fundador de la AMIC (Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación) desde 1979. De sus últimas publicaciones, podemos destacar: “El aprendizaje de la lectoescritura subjetivación política”(2024), en el libro Inclusión y Horizontalidad en la lectoescritura, de M. De la Peza, Luisa López y Beatriz Nogueira Beltrão (eds.); “De la crítica social a la acción política. Transformaciones del rock urbano en la megaurbe de la Ciudad de México” (2024), en Subjetividades de la megaurbe mexicana: de la articulación estética a la participación política, de Ivonne Sánchez, Sebastian Thies y Arturo Alvarado (eds.), y “De la representación a la significación: la construcción social del sentido” (2022), en Chuy. Revista de Estudios Literarios Latinoamericanos, número 12.