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Diálogos y dones entretejidos (evocando a Raymundo Mier Garza, 25/02/1953-19/01/2024)

 

Acudo a la foto de un textil como una analogía con la vida de Raymundo, querido amigo, colega, severo asesor y confidente. Mejor: elegido maestro (Fig. 1).

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Los bordes imprecisos y deshilados de ese precioso fragmento peruano no perturban su bello diseño colorido y complejo. Veo allí la presencia del amigo ausente, en innumerables lugares de encuentro, anudando un apretado tejido de diálogos, rigor y placer en el pensar compartido. Representan, siento, las enseñanzas que prodigó en distintos modos y niveles para tantas personas diferentes, sin distingo alguno.

Conmigo, entendió y vio como nadie la herida indeleble del exilio. Escuchó siempre ése mi dolor duradero, con afecto y comprensión. Lo comprendía también en muchos otros. Respetó, quiso y reconoció como maestros fundacionales a “Toto” (Héctor) Schmucler y a Noé Jitrik. Asimismo, lo comprendía en interlocutores invaluables, expatriados o exiliados: Hans Saettele, Carlos Pereda y “Goyo” (Gregorio) Kaminsky, cuya partida fue para Raymundo una dolorosa pérdida.

En materia de los cuerpos, la frágil carne que somos, me instó seriamente a dejar de fumar, a cuidar el hálito precioso de seres vivientes, la chispa luminosa que nos habita y nos anima. En el marco de esa firme admonición, me narró el final de su mamá, en confidencial contraejemplo. Me apena tener malas cuentas a ese respecto, presa aún hoy de la adicción.

Son muchísimas las reflexiones, los gestos y las palabras suyas que atesoro. Es el venero de sus escritos, esclarecedores siempre, y estimulantes, en el estilo que conocemos, de reformulaciones, retornos y refraseos. Construyen de ese modo una pauta sonora, un original ritmo oral-escrito, donde nítido se escucha el grano de su voz (ah, una y otra vez el compartido y venerado maestro Barthes).

Gabriel Araujo Paullada (2025), colega y amigo querido de Raymundo en la UAM-X, percibe vivamente la fuerza oral del pensamiento y la escritura de quien fue su interlocutor durante cuarenta años. Invita a leerlo en voz alta; no sólo su poesía sino toda su obra; todo él.

En mi lectura de Raymundo, ésa, su escritura, me brinda una experiencia cognitiva y cinestésica inconfundible e inolvidable. Su forma de “escribir-hablando” es, asimismo, gentil para con sus “lectores-escuchas”. Otorga tiempos y pausas para que vayamos siguiendo su pensamiento, complejo y sutil, y así aprehender la firme y apretada secuencia de los argumentos. Era un respiro, una cortesía comunicativa en cuyos meandros él mismo matizaba y afinaba su propio pensar. Una cortesía que se agradece tanto con el intelecto como con el corazón.

Recuerdo también con pena y gratitud la observación que me hizo hace muchos años sobre un artículo de análisis de discurso parlamentario que le había dado a leer. “Sí, un buen trabajo; correcto, bien hecho. Más de lo mismo”. ¡Zaz! Una crítica así, sin anestesia, es una muestra de honra y respeto a la otra persona. Hondo agradecimiento siento hasta el día de hoy.

Fue ése, el suyo, un impulso decisivo para que me atreviera a abandonar un territorio demasiado trillado, y explorara mis propios conceptos y prácticas analíticas con un enfoque semiótico que hacía caso omiso de las fronteras disciplinarias. Gracias a su observación, hice de la esfera de lo visual/visible mi espacio de trabajo, con muchísima satisfacción. Él parece haber sabido, antes y mejor que yo, hacia dónde se dirigían mis intereses, deseos y posibilidades de investigación

Lamento haber sido muchas veces (demasiadas) distraída, ingrata, olvidadiza. Tarde se entienden las cosas; al menos yo, con mi consabido lento aprendizaje que tantas risas nos dio.

Mucha risa compartimos cuando me encontró llegando a un evento de la BUAP, con un enorme bolso lleno de materiales publicados por el grupo de semiótica, que yo arrastraba con esfuerzo. Él y Raúl Dorra presentarían, en la tarde del miércoles 16 de junio de 2004, un libro editado por Elena Bossi y Luisa Ruiz Moreno (Del horror a la piedad. Estudio de una leyenda), sobre la “mulánima” y las variantes latinoamericanas de esa leyenda del norte de Argentina —nota: mientras escribo, advierto las resonancias ex post del título del volumen. “Horror” y “piedad” son palabras que Raymundo podría haber usado. Quizás lo hizo. Ahora, cuando lo terrible ya sucedió, reverberan en dolorosas emociones—. A mí me habían encargado dar cuenta de las publicaciones del Seminario de Estudios de la Significación (SeS): relatorías, libros, cuadernos de trabajo y, prominente entre ellas, la revista Tópicos del Seminario.

Editada por María Isabel Filinich con estricta dictaminación, extremo cuidado ortotipográfico y una admirable regularidad, esta revista es ejemplar, en México y más allá, en su vasta distribución. Allí, años después, dos dictaminadores anónimos me permitieron mejorar significativamente un manuscrito de mi autoría. Uno de ellos, en especial, me evitó un par de errores lamentables. Ese es hasta hoy de los trabajos que más me alegra haber podido publicar. Tópicos del Seminario, por añadidura, incluyó a color las tres fotos que lo integran, en página completa.

Ese día asistimos todos por la mañana a una sesión del curso sobre semiótica y psicoanálisis que estaba impartiendo el profesor Iván Darrault-Harris (Universidad de Limoges, del grupo de A. J. Greimas en París). Versó sobre el Miguel Ángel de Freud, y fue la mar de interesante. En la tarde hicimos las presentaciones arriba mencionadas, y en la noche cenamos en el restaurante de un convento reconvertido en hotel. Fue una larga velada, muy alegre.

La noche era leve y fresca; la comida, sabrosa. Raúl, fino anfitrión; Darrault-Harris y Raymundo intercambiaban ocurrencias ingeniosas y divertidas sobre diversas teorías, dislates conceptuales, paradojas y, non sequiturs, un despliegue abundoso de finas agudezas. No parábamos de reír, y en eso estuvimos hasta que a nuestro alrededor preparaban ya las mesas del desayuno. Una jornada que atesora mi memoria, plena de gracia y gozo de vida, luminosa y límpida. Raymundo me trajo de regreso a la ciudad. Yo había ido en autobús porque prefiero no manejar si puedo evitarlo, y me ayudó a cargar el tal bolso hasta la sala de mi casa.

Hablábamos de muchas cosas. En alguna ocasión, yendo también a Puebla o regresando de allí, tocó el tema del valor civilizatorio de la cortesía y las buenas maneras. Estaba abriendo la puerta de mi lado antes de subirse a su destartalado Datsun, en el que aseguraba haber aprendido alemán para leer a Freud sin depender de traducciones, y con sólo dos choques menores.

No todo fue siempre hermoso. Evocaré también mi grosería flagrante con él y algunos colegas de la ENAH y la BUAP, cuando los encontré por casualidad en un restaurante del Centro de Tlalpan. Invadí su mesa y les reproché con violento enojo no haber sido invitada al Coloquio del que salían. Esa noche lo llamé para disculparme y me respondió severamente: “Fuiste desconsiderada, algo que mi madre veía como la peor conducta posible hacia los otros”; su madre, tan querida y respetada por él. La vergüenza me escuece todavía cada vez que lo recuerdo.

Gratísimo fue nuestro encuentro en un homenaje a Mabel Piccini, su colega en la UAM-X y mi hermana mayor simbólica (cf. Navarro, 2022). Se trataba de una iniciativa hermosa para reconstruir los aportes de mujeres en el desarrollo de los estudios de la comunicación en América Latina, entre ellas, Mabel, prominente pionera en la UAM-X, y coautora de Raymundo en varios de esos tempranos trabajos. Él y yo entramos al Zoom a la hora convenida y pudimos conversar un largo rato. Nos pusimos al día mientras las anfitrionas lograban echar a andar la transmisión digital, asunto siempre mucho más enredoso y complicado de lo que prometen los tecnólogos optimistas.

Muy poco antes de su “partida” (no puedo casi teclear su “muerte”) compartimos dos experiencias reconfortantes. Lo invité a presentar, en El Colegio de México, ante el Seminario de la Red México de Analistas de Discurso (dentro de ALED, Asociación Latinoamericana de Estudios del Discurso), el libro reciente de un colega y amigo común. Comprimió gustoso su agenda siempre colmada, y participó por Zoom (5/01/2024).

Desde una gran pantalla, sonriente, con su habitual cuaderno de tapas negras, Raymundo fue hilando una serie fascinante de comentarios lúcidos, esclarecedores y precisos. Hablaba desde el exacto lugar teórico y conceptual donde el psicoanálisis se torna lingüística (discurso, de hecho): el tema de la escena enunciativa. ¿Quién habla a quién? ¿Qué espacio es ése? ¿Cómo se articulan habla y diferencias de poder entre los participantes? ¿Son esas voces figuras, personajes, lugares? ¿Cuáles son los entretelones de la actuación verbal? El inconsciente se hacía presente en una impecable y exquisita arquitectura argumental.

Se manifestaba así lo que Benveniste (1976) llamó los “desgarrones” del discurso, allí donde la frase deja de ser la unidad de composición textual y análisis, y se convierte en discurso. No sólo habla ni sólo historia (designación económica para el conjunto de las condiciones materiales de producción). Las dos a la vez, inseparables: dos caras de un mismo fenómeno. Un territorio nuevo, propicio para el análisis y la crítica, cuyo funcionamiento Michel Pechêux había descrito en términos que siguen vigentes hasta hoy.

La otra felicidad fue más mía que suya, aunque él no escondió su propio contento. Coincidimos en el cumpleaños de un amigo común (9/12/2023), y le dije que le enviaría un texto mío sobre el covid-19 y la cotidianeidad de la reclusión durante 2020 en el pueblo del Ajusco donde habité muchos años. Al mencionárselo, Raymundo exclamó: “¡¿Ah, ya salió?!”. Para mi inmensa y duradera dicha, él había sido uno de los dictaminadores del volumen.

Ese dictaminador a todos los autores había hecho recomendaciones, constructivas, desde luego, y útiles. Era propio de su generosidad y consideración (ah, como aprendió de su mamá) hallar en cada trabajo los logros que podían desarrollarse, entretejiéndolos con críticas delicadas, próximas a sugerencias, aunque, por supuesto, certeras. Sobre mi texto (anonimizado, conforme a las reglas editoriales), instaba al autor a expandir el costado de las vivencias personales del encierro (gran sorpresa), y a subir al cuerpo del texto varias notas al pie que integraban el argumento principal. Para la versión final, que él ya no leyó, yo había seguido escrupulosamente las recomendaciones inesperadas de ese dictaminador.

En ese mismo encuentro, decidimos iniciar un seminario para leer la obra de Gregory Bateson. En inglés, dijimos, y sin ningún valor curricular o auspicio institucional. Raymundo había aprendido inglés para escribir su tesis doctoral, titulada Freud and Secrecy: Allegory, Aesthetic and Silence in Psychoanalytic Theory (1996, Universidad de Londres), una “monumental investigación de la génesis del psicoanálisis”, la llama Hans Saettele (2025, p. 17), quien exhorta a su imprescindible traducción. A lo que me adhiero, sin dudarlo un segundo.

La idea para el seminario sobre Bateson era que participáramos unos cuantos voluntarios. Se trataba sólo (¿sólo?) de leer la obra de ese pensador pionero y fértil, antropólogo devenido biólogo, etólogo y filósofo de la ciencia, quien se movió toda su vida de un centro a otro, de un instituto o un financiamiento al siguiente. Antes de morir, estudiaba los pulpos, criaturas en las que percibía una inteligencia agudísima (Bateson, 1999). Truncó el proyecto de seminario lo que ya sabemos que ocurrió.

Para concluir, diré que, así como en el textil peruano, los nudos cum encuentros son incontables; de igual modo, Raymundo compartió su pensar y publicó en innumerables libros, revistas, volúmenes o compilaciones: la ENAH (y la revista Cuicuilco), la UNAM (en distintas facultades e institutos), las universidades de Colima, Guadalajara, Sonora, hasta donde sé; seguramente varias más. Y muchos otros centros de pensamiento y docencia. La escena académica nacional le dio territorio.

Destaco aquí una publicación del Instituto 17, donde escriben César González Ochoa, Diego Lizarazo, Andrés de Luna, Iván Ruiz, Luisa Ruiz Moreno, Hans Saettele. Francisco Segovia y otros magníficos colegas (Mayer, 2014).

Tuve el gusto y la suerte de coincidir con él en algunas publicaciones. Las menciono. “Controversias ante la significación. Del formalismo al ritual”, donde Mier (1989a) nos entrega un texto breve que perfila ya sus intereses duraderos. “Las miradas sin fisonomía”, donde Mier (1989b) observa, desde una mesa del Sanborn’s de Perisur, sedentario flaneur, los desplazamientos y conductas de los visitantes, compradores o paseantes. Dos números de la revista Discurso, con Marcelo Abadi, Margit Frenk, Raúl Quesada y quien esto escribe (Mier, 1993). También en primavera, “Inestabilidades discursivas” (Mier, 1995), con María Isabel Filinich, César González Ochoa, Noé Jitrik, Cecilia Rojas Nieto, él y yo. Invito a su lectura. Esos breves artículos (vigentes aún, creo) no se prestan a la glosa. Nada como leer, con curiosidad atenta, abierta y minuciosa.

La riqueza y amplitud de las publicaciones de Raymundo, su siembra generosa, invitan a compilar una bibliografía general de su obra. Una ardua tarea, sin duda, aunque realizable si se suman esfuerzos. Quizás Tópicos del Seminario pudiera convocar a lectores y colaboradores a que envíen las referencias que tengan del amigo ausente. ¿Cuál mejor homenaje que la reunión y difusión de su pensamiento? Lo merece su entrega tenaz al trabajo de leer, estudiar, enseñar y escribir, para nosotros, sus coetáneos añosos, que de salida estamos, y para los que siguen, que ya están aquí. Les resultará esencial para concebir y construir un futuro que no será funesto, vida mediante.

Referencias

1 

Araujo Paullada, G. (2025). Nota en homenaje a Raymundo Mier Garza. Comité Editorial de Tramas. Subjetividad Y Procesos Sociales, 485-493.

2 

Bateson, Gregory, 1999 [1972]. Steps to an ecology of mind. (Prefacio de Mary Catherine Bateson, pp. vii-xv) The University of Chicago Press.

3 

Benveniste, É. (1976). Problemas de lingüística general. Volumen 1. México: Siglo XXI Editores.

4 

Mayer Foulkes, B. (comp.) (2014). El fotógrafo ciego (Evgen Bavčar en México). México: Conaculta; Editorial 17.

5 

Mier, R. (1989a). Controversias ante la significación. Del formalismo al ritual. Estudios Sobre Las Culturas Contemporáneas, III(7), 263-270.

6 

Mier, R. (1989b). Las miradas sin fisonomía. en M. Piccini (ed.), La imagen del tejedor. Lenguajes y políticas de la comunicación (pp. 127-157). México: Gustavo Gili y FELAFACS.

7 

Mier, R. (1993). Los derroteros del análisis. Discurso (Teoría y análisis), (14), 31-67.

8 

Mier, R. (1995). Inestabilidades discursivas. Discurso (Teoría y análisis) , (18), 19-33.

9 

Navarro, P. (coord.) (2022). La trayectoria intelectual de Mabel Piccini. Mesa redonda digital, con la participación de Tania Acosta Márquez, Teresa Carbó, Raymundo Mier y Carlos Saldaña Ramírez: La comunicación regional en su laberinto: agendas emergentes y protagonistas territoriales. Tercer Congreso Latinoamericano de Comunicación, Universidad Nacional de Villa María (Provincia de Córdoba, Argentina).

10 

Saettele, H. (2025). Prefacio. Homenaje a Raymundo Mier. Tramas. Subjetividad Y Procesos Sociales , 15-17.

 

 

Acerca de la autora

Teresa Carbó es investigadora en CIESAS, Unidad CDMX, desde 1980. Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, hizo su doctorado en El Colegio de México, en la especialidad de Lingüística Hispánica. Ese fue un resultado inesperado y bienvenido del exilio que la trajo a este país generoso, que es el suyo por elección hace ya muchos años. Investigó el discurso parlamentario verbal para la atención de los pueblos indígenas, y después se ha dedicado a la esfera de lo visual, con base en fotografías de la prensa plana nacional. Observa siempre las élites dominantes y los múltiples modos en que se proponen perpetuar la grieta divisoria del poder.