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Raymundo, un cronopio memorioso

 

Como me ha sucedido con muchos autores, primero conocí un texto de Raymundo Mier antes que a él. Se trataba de una lectura obligada en la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación en la unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana, que, si no mal recuerdo, leímos en el trimestre dedicado a la radio. El libro, recién editado en 1987, es Radiofonías: hacia una semiótica itinerante.

Confieso que en la primera lectura no sabía si continuar o abandonarlo, sobre todo por el estilo de escritura del autor. Tenía que detenerme en cada frase, en cada oración, en cada párrafo, y repetir la lectura una y otra vez. Como lector, me ha sucedido varias veces con textos de Alejo Carpentier, de Rafael Ramírez Heredia, de Olga Orozco, de Mircea Cărtărescu y de otros escritores. Es, a veces, difícil penetrar esa membrana que da paso a una obra, a un libro. Empecinado como soy, decidí no abandonar la lectura de Raymundo Mier, en parte por orgullo propio y en parte porque sabía que era una lectura obligada y, seguramente, tendría que exponer alguna parte de ese libro en clase. Más bien, creo que fue por lo segundo.

No pregunten ustedes cómo me fue en la clase donde se habló del libro de marras. No importa y, además, no lo recuerdo.

El siguiente contacto que tuve con Raymundo Mier fue a través de otro de sus escritos: un artículo que escribió en una publicación cuyo título era “Semiótica. Memoria del grupo de investigación, 1998”, y en el que hablaba de una “semiótica negativa”. Me atrajo enseguida por ese concepto y me sucedió lo mismo que con el libro anterior: tuve que releer como cuatro veces la oración inicial antes de seguir adelante (por cierto, ese artículo tenía varias erratas que se podían achacar al editor, no tanto al autor).

Fue hasta 1999 (según consta en mis apuntes de clase, una veintena de cuadros sinópticos que sólo yo descifro), mientras estudiaba el Doctorado en Ciencias Sociales en la UAM, que conocí frente a frente a Raymundo. Y aquí me permito llamarlo sólo por su nombre porque a partir de haberlo conocido descubrí que ese autor que me costaba tanto leer, tan erudito, tenía una faz. Tuve un trimestre de clases con él, en donde abordábamos cuestiones relacionadas con la semiótica, la fenomenología, la filosofía del lenguaje, la filosofía, la psicología, la comunicación, la lingüística, mediante la lectura de una pléyade de autores que iban de Kant a Husserl, pasando por Frege, Peirce, Saussure, Benveniste, Lacan, Derrida y muchos otros. Raymundo tenía una memoria prodigiosa porque explicaba los enfoques y conceptos de estos autores con total claridad.

Fue por Raymundo que me interesó la lectura de textos de Emilio Uranga, que él había citado en una de sus clases, y descubrí que Octavio Paz, en esa actitud de que “el león se alimenta del cordero”, había tomado ideas de Uranga sin darle crédito, para al menos una de sus obras: el Laberinto de la Soledad. Al comentarlo con mi amigo escritor Andrés González Pagés, me trajo a cuento muchos más casos iguales sobre Paz, pero esa es otra historia.

No sé qué libros y autores no conocía Raymundo. Bueno, sí: explícitamente en aquellas épocas decía que no había leído a Hegel y que probablemente no lo haría.

Un año después, en el 2000, como parte de los cursos optativos en el doctorado, teníamos la opción de volver a tomar clases con Raymundo, pero esta vez en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. El curso era “teoría del ritual”, un curso que por primera vez me acercó al conocimiento antropológico y etnográfico. El curso comenzó con Víctor Turner y con Gregory Bateson; yo ya conocía a Bateson, en mi faceta de comunicólogo, pero no a Turner. En esa primera clase, el pizarrón quedó lleno de anotaciones de Raymundo, y mis notas, con cuadros sinópticos, flechas para arriba y para abajo.

La siguiente semana me sorprendió la portentosa memoria de Raymundo: había iniciado la clase exactamente en el punto en el que se había detenido la semana anterior. Esto lo comprobé con mis notas. Era un prodigio de memoria y creo que alguna vez se lo dije: “A veces eres como Funes el memorioso”.

En ese curso, cuando llegamos a revisar a Charles S. Peirce, se me abrieron varias puertas mentales, también por culpa de Raymundo: empecé a devorar los libros de este autor y tanta presión ejercía en mí que, en 2001, coordiné un número de la revista electrónica Razón y Palabra (primera época) dedicado a Peirce: “Comunicación y semiótica: un acercamiento a la obra de Charles S. Peirce”. Por supuesto, invité a participar a Raymundo y él aceptó (https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/114479; lamentablemente, descubro, el contenido al texto completo ya no está en línea).

Cuando hube de escoger al sínodo para mi tesis de doctorado, ni siquiera dudé en incluirlo, aunque en primera instancia me indicó que, al tratarse de una tesis sobre agua y riego, él poco podría aportar. Efectivamente, mi tesis era sobre el riego en Salvatierra, Guanajuato, pero involucraba historia oral, agua y cuestiones sociales, semiótica y desarrollo rural. Le insistí; le dije que me interesaba mucho su punto de vista sobre mi tesis y, al fin, accedió. El único par de fotos que tengo con Raymundo es del día de mi examen doctoral. Una de ellas la reproduzco aquí mismo (Fig. 1).

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30 de abril del 2004, en la UAM Xochimilco. De izquierda a derecha: Concepción Martínez Omaña, Daniel Murillo, Raymundo Mier Garza, Carmen de la Peza Casares, Arturo León López y Patricia Ávila García

Durante años, seguí las conferencias que dictaba Raymundo. Buscaba con afán sus artículos, pero como él mismo me dijo en otra ocasión: “Me cuesta mucho trabajo escribir. Poner las ideas en papel. Soy moroso”. Algo que nunca pude presenciar fue su faceta de jazzista. Ah, porque eso sí, en clase, muchas veces sacaba a colación la música de jazz.

Nos encontrábamos esporádicamente: una vez en las escaleras de la ENAH; otra ocasión, en la UAM... Una vez fue en un restaurante al sur de la Ciudad de México, cerca del centro de Tlalpan. Yo había llegado ahí luego de salir del CIESAS, cuando lo vi entrar con su clásico saco de pana café, y sentarse en una mesa frente a una ventana. Ni tardo ni perezoso, fui a su encuentro. Me invitó a sentarme y platicamos un buen rato, tal vez de todo, tal vez de nada en particular. Me dijo que lo habían citado para comer ahí, pero que la persona que lo había hecho no llegaba y que, si no lo hacía, podríamos comer juntos. A los cinco minutos llegó la persona que lo había invitado; me disculpé, me despedí de él con un fuerte abrazo y regresé a mi mesa.

La última vez que lo vi en persona fue hace ya unos cuatro o cinco años (antes de la infausta pandemia) cuando acudí a la ENAH a una de sus conferencias. Luego, en 2023, con motivo del Seminario de la Red de Investigaciones Audiovisuales que tenemos en el CIESAS, Tere Carbó y yo propusimos invitar a Raymundo. Fue aceptado con beneplácito por el colega que organiza el seminario, Sergio Navarrete Pellicer, y Tere contactó a Raymundo: teníamos una fecha programada ya para su conferencia. Pero él tuvo que aplazarla, por un inconveniente de salud.

Nunca lo volví a ver. Nos quedamos esperando la fecha para su conferencia.

El 16 de enero de 2024, le escribí un mensaje por una aplicación de mensajería instantánea de su teléfono celular. No estoy seguro de que lo haya alcanzado a leer. El mensaje decía lo siguiente:

Estimadísimo Raymundo:

Quiero mandarte un abrazo con todas estas palabras. Hay personas con las que nos topamos en la vida que tienen una significación especial y que siempre se sienten cercanas. Tú eres una de ellas. Más allá de las clases y el papel de profesor/alumno, o el de sinodal en mi examen de doctorado —en donde reconozco tu amplio conocimiento y tu análisis siempre certero—, persistentemente reconocí en ti a un ser con un gran valor humano. Una simpatía y una bonhomía que no siempre se encuentran en las personas. Tu existencia multidimensional —permíteme enunciarlo así— que iba de la música a las clases magistrales, a tus conferencias, a tu cuidado al escribir, a arropar a los alumnos. Te recuerdo con mucho cariño, más allá del profesor; te recuerdo con mucha estimación y siempre con un comentario amable, preciso, generoso. Pocas veces hablamos, pero cuando nos encontrábamos sentía esa familiaridad que no se da siempre entre las personas. Estabas cerca, de una forma o de otra. Eres una persona entrañable.

Habría que mirar hacia atrás para poder avanzar, para retomar el hilo de la luz en las conversaciones sin palabras, y en esas ocasiones donde las palabras eran certeras, iluminadoras. Ser de conocimiento, de luz, de música, fraterno hasta el tuétano.

Te abrazo fuerte, querido Raymundo. Te abrazo muy, muy fuerte.

Daniel Murillo

Que no descanses en paz, Raymundo: te imagino en el ir y el venir, discutiendo con los autores que leías, indagando y pensando; haciendo acopio y ejercitando la imaginación, la memoria y la sapiencia. Salud.

 

Acerca del autor

Daniel Murillo Licea es comunicólogo, Doctor en Ciencias Sociales, editor, escritor y fumador. Es miembro fundador de la Red de Investigadores Sociales Sobre el Agua (RISSA) desde 1996, y participa en la Red de Investigación Audio Visual del CIESAS (RIAV) y en la Red Evaluación de la Salud Planetaria en Escenarios Endémicos Emergentes (Espesies). Es profesor investigador en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Actualmente, coordina el Seminario Permanente Agua y Cultura. Sus intereses de investigación se enfocan en la combinación entre agua, territorio, pobreza, política hídrica y pueblos indígenas y, junto con Los Tlacuaches eléctricos, desarrolla una investigación acerca de la música disruptiva y los movimientos sociales.