Con estas palabras, que fueron las últimas con las que Gilles Deleuze cerró su vida y su obra, quisiera encabezar estas otras, también breves, para dejar testimonio de la presencia de Raymundo Mier entre nosotros. Y digo así porque me asumo miembro de una comunidad universitaria de la que Raymundo era parte constitutiva.
La cuestión de la inmanencia fue uno de los últimos temas que compartimos juntos y que Raymundo, con su acostumbrado humor antisolemne, llamaba inminencia. Tal humor, que podía provocarnos estridentes carcajadas, no nos impedía la concentración, ni el rigor, con los que sabíamos entregarnos a nuestras reuniones de seminarios, clases o conferencias diversas en las que él participaba con toda su elocuencia y entusiasmo.
El módulo del Seminario de Estudios de la Significación —nuestro Seminario, y del que Raymundo siempre fue miembro—, dedicado en aquella ocasión a la inmanencia, se originó porque habíamos organizado un número de Tópicos del Seminario. Revista de Semiótica para revisar uno de los principios fundantes de nuestra disciplina. Raymundo fue autor de un artículo que salió en el tercer volumen, ya que la respuesta a la convocatoria dio para publicar —todavía en papel— tres volúmenes. Así fue como de manera natural Raymundo Mier se hizo cargo de exponer sobre esta problemática acuciante y controvertida. Y así fue como Baruch Spinoza ocupó un lugar central en tales exposiciones y que, de estas últimas, surgiera dedicar un módulo especial para la revisión de este filósofo cuya influencia en la semiótica es tan sutil y subrepticia como tantas otras que nutren su núcleo duro.
Las reuniones sobre Spinoza dieron comienzo antes de la pandemia, pero no pudieron continuar por la parálisis que nos alcanzó a todos. Raymundo no llegó a concluir ese módulo y tampoco volvió a Puebla. No nos dimos cuenta de que las oportunidades se acaban, y no advertimos que, después de que las actividades presenciales regresaran a la normalidad, había que retomar también aquellas exposiciones inconclusas.
Desde este pasado no tan remoto, quiero retrotraerme al tiempo en que conocimos a Raymundo y, para ello, debemos emplazarnos muy en los comienzos de los ochenta, quizás en el ochenta y uno, u ochenta y dos, cuando vino como profesor a la Maestría en Ciencias del Lenguaje a hacerse cargo de la enseñanza de Charles Sanders Peirce.
A Raymundo lo había presentado uno de sus maestros, de aquéllos a los que nunca dejó de admirar, citar y recordar: Noé Jitrik, quien formaba parte del grupo de asesores de tal posgrado. De aquel encuentro resultó una situación por demás paradojal y duradera, puesto que aquella primera generación de la Maestría había adquirido, en el área de semiótica, una formación fuerte e indeleble en la línea de la Escuela de París, y el interés por Peirce era para ampliar el conocimiento en la disciplina, contrastar una corriente con otra, ver diferencias o posibles semejanzas traduciéndolas de un metalenguaje a otro.
Curiosamente, Raymundo, en una juventud más anterior, ya había pasado por un fervoroso greimasianismo como todo lo que estudiaba, y ahora nuestro interés por Greimas y su escuela le era distante. En aquella contrariedad, nuestra necesidad escolar tenía la expectativa de que Raymundo nos enseñara a Peirce, y nada hubo sido más equívoco, pues su docencia no estaba prevista para transmitir un conocimiento puntual y preciso de ningún autor, sino para exponer su versión inteligente, fecunda y brillante de los muchos pensadores que conocía con una profundidad tal que atraía siempre a sus oyentes. Aprendimos eso: el saber puede convertirse en una creatividad proliferante sin dejar de ser riguroso, serio y comprometido con sus fuentes.
En ese entendimiento seguimos juntos, pues nuestra problemática era común: la cuestión del lenguaje. Además, los afectos y una postura ante el mundo van tejiendo la red de los grupos académicos e intelectuales. Fundamos con él y con otros amigos y colegas —entre los cuales seguían estando los greimasianos, de aquí y de París— el Seminario de Estudios de la Significación y su consecuente publicación: Tópicos del Seminario. Revista de Semiótica. No mucho tiempo después, con el mismo impulso y básicamente las mismas personas, fundamos el Fondo Greimas de Semiótica y el Programa de Semiótica y Estudios de la Significación (SeS).
Como se puede apreciar, y los acontecimientos así lo atestiguan, Raymundo Mier fue uno de nosotros, y nos siguen resonando sus exposiciones; fulguran sus páginas en Tópicos y otras escrituras que nos compartió. Si bien escribía con fervor y estilo, es su gran elocuencia, sus construcciones intelectuales frente al pizarrón de clase y a sus oyentes, lo que hace verlo con su gran mirada y oírlo en la memoria como el gran orador que arma in situ sus ideas, más era todo ello, que el escritor que no dejaba también de serlo. Raymundo era músico y ese oído quizás era un imperativo para él; lo acuciaba para escuchar su pensamiento en sus vocalizaciones sonantes, expresiones de alguna partitura que jamás escribiría.
Conocimos tarde su Tetraedro/Caleidoscopio: su enfermedad fue inminente; su partida también. La broma con el juego de palabras entre la inmanencia y la inminencia se nos volvió un espejo que nos puso la grave seriedad ante los ojos. Ya no habría lugar a nuestras carcajadas saludables ni a nuestros brindis grupales con Nebiolo a la salida del Seminario en el Hotel Colonial, allí donde la sopa y la comida hogareña le harían a Raymundo evocar a su mamá, y a todos nosotros, a las nuestras. El sabor y los saberes, como bien se sabe, han estado siempre entrelazados.
Acerca de la autora
Luisa Ruiz Moreno realiza investigación y docencia como integrante del SeS/VIEP en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y de la Academia Mexicana de Ciencias. Se dedica a diversas cuestiones de la teoría semiótica general con aplicación a textos verbales y no verbales. Su último libro publicado es De la corporeidad. Reflexiones semióticas, Lépez Vela Ediciones, México, 2024. Su más reciente colaboración en Tópicos del Seminario es “Zonas no enunciadas de la enunciación”, número 54, 2025, en La enunciación: reflexiones actuales II.