Este artículo se propone examinar el papel de la semiosfera lotmaniana en las dinámicas identitarias contemporáneas, con especial atención en los fenómenos de construcción y difusión de creencias en las redes sociales. En particular, analizaremos cómo el concepto de semiosfera puede aplicarse para interpretar la formación de las llamadas filter bubbles y de los colectivos digitales.
En la era digital, donde las plataformas sociales median cada vez más nuestras interacciones, creencias y prácticas culturales, resulta urgente repensar las herramientas teóricas con las que analizamos los procesos de significación colectiva. La noción de semiosfera, formulada por Lotman, ofrece una perspectiva fecunda para comprender la lógica interna de los sistemas culturales en su relación con la alteridad, la frontera y la traducción. Su carácter dinámico y relacional permite iluminar los mecanismos por los que se generan, reproducen y transforman las identidades colectivas, especialmente en contextos donde la fragmentación informativa y la segmentación del discurso son cada vez más marcadas.
Desde esta óptica, proponemos una lectura actualizada de la semiosfera que dialogue tanto con las transformaciones del ecosistema digital como con las recientes contribuciones en el ámbito de la antropología semiótica. Frente a la proliferación de colectivos online caracterizados por discursos autorreferenciales, teorías conspirativas o prácticas de refuerzo identitario, la semiosfera permite describir no sólo la clausura simbólica de estos espacios, sino también los modos de interacción, contaminación y conflicto entre distintas comunidades semióticas.
En la primera parte, reconstruiremos el debate teórico sobre la semántica de la cultura y el concepto de semiosfera. Posteriormente, analizaremos cómo estos modelos pueden aplicarse a las identidades digitales en las redes sociales. Finalmente, discutiremos las implicaciones de estos procesos en la construcción de la credibilidad y la posverdad.
El nacimiento y la evolución de la semiótica de la cultura no son lineales. Al menos teóricamente, podríamos enmarcarla en dos perspectivas complementarias. Por un lado, como un intento de comprender los procesos de significación como un fenómeno derivado de las dinámicas sociales y culturales (una visión vinculada principalmente a Lotman). Por otro lado, como un programa dedicado al estudio de la significación dentro de contextos sociales con referencia a culturas específicas (una perspectiva que parece remitir más a la semiología imaginada por Saussure). En cualquier caso, como es sabido, el desarrollo de la semiótica de la cultura, así como su integración europea, ha estado acompañado de profundas tensiones epistemológicas que, aún hoy, comprometen su recepción, difusión y, en ocasiones, interés investigador. Basta con pensar en la tardía recepción de los escritos más importantes de Lotman, que fueron traducidos, tanto en el ámbito hispanohablante como en el francófono, a partir de los años noventa. Sin embargo, Italia constituye una excepción. En efecto, a partir de los años sesenta, gracias al interés de Remo Faccani y Umberto Eco (1969), y a la labor de traducción de los eslavistas de la Universidad de Bérgamo, la investigación italiana sobre semiótica acogió de buen grado los trabajos de Lotman y del equipo de Tartu. Mientras que, en Francia, donde el estructuralismo había arraigado con fuerza, la cuestión fue más complicada. Creemos, en efecto, que la no recepción o recepción parcial de la semiótica de Lotman es resultado de una serie de concausas tanto históricas como epistemológicas, cuyas consecuencias son evidentes en la investigación de la escuela parisina, que intentaremos describir brevemente.
Si Eco (1968), en Italia, está firmemente convencido de que la vocación de la semiótica es estudiar todos los fenómenos de la cultura como sistemas de signos, la semiótica francesa y, en particular, su progenitor Greimas, parece en cambio recelosa de considerar la “cultura” como un objeto semiótico. De hecho, el semiólogo lituano, aunque menciona la obra de Lotman, muestra cierta reticencia a esta inclusión, al considerar la cultura como un todo textual demasiado complejo, infinitamente abierto, inestable e intrínsecamente dinámico. Estas características afectan, por lo tanto, su asunción a través de las rígidas herramientas estructuralistas que sustentaban el método semiótico en los años setenta. Probablemente, la actitud dubitativa de Greimas se deba al “fracaso” de la semántica estructural (Greimas, 1966), un proyecto que se echó a perder precisamente a causa del dinamismo lingüístico de la cultura (Châtenet y Di Caterino, 2021).
La idea de catalogar un número específico de primitivos, llamados “universales semánticos”, capaces de generar los innumerables significados que constituyen el patrimonio semántico de las lenguas naturales, termina por chocar con la naturaleza del sistema semántico del lenguaje. Éste está compuesto por una red diferencial de figuras extremadamente ricas y, sobre todo, inestables, siempre en movimiento, mucho más que los “códigos” fonológicos (del plano de la expresión) que sirven para manifestarlo. En otras palabras, la riqueza y complejidad del dominio semántico hacen que, al asumir un modelo “diccionario”, inevitablemente se haga referencia a la competencia de un hablante ideal sin reconocer, sin embargo, las connotaciones de las palabras o sus diferentes usos en diversos contextos sociales y culturales. En este sentido, parafraseando lo argumentado por Greimas y Courtés (1979, pp. 77-78), el fracaso de la semántica estructural se debe a la asunción implícita de un objeto de estudio imposible de describir en su vastedad y complejidad, a saber, la cultura. De hecho, en esta dirección, Greimas defiende una especie de equivalencia según la cual una cultura dada sería coextensiva con el universo semántico de una lengua natural compartida en el seno de una sociedad. De ahí que, en nuestra opinión, el intento infructuoso en el campo de la semántica estructural, donde no es posible describir completamente los sistemas semánticos que identifican a las culturas, sea una de las razones que lleva a Greimas a afirmar finalmente que el proyecto de una semiótica de la cultura es inviable, delegándola a los estudiosos de la escuela de Tartu.
A diferencia de Greimas, Lotman propone un modelo de semiótica de la cultura que pretende integrar plenamente los fenómenos culturales como objetos de estudio. Este empeño atestigua, ante todo, una apertura interdisciplinaria que acoge las aportaciones de las disciplinas etnoantropológicas (Tylor, 1871; Lévi-Strauss, 1958) responsables del concepto de cultura con el que Lotman y Uspensky (1973) intentan lidiar. De hecho, en esta coyuntura, en paralelo con el pensamiento antropológico, la escuela de Tartu identifica la cultura como el conjunto de información no heredada (en el sentido biológico) y los medios para su organización y preservación (Lotman y Uspensky, 1973, p. 39).
A pesar de esta apertura, no se puede decir que Lotman y sus colegas fueran menos estructuralistas que sus homólogos parisinos. De hecho, en una lectura atenta, la semiótica de la cultura parece estar construida sobre los cimientos de la obra de matriz estructuralista, que también alimenta el pensamiento de Greimas: Saussure, Hjelmslev, Jakobson, Lévi-Strauss, Propp, Benveniste, por nombrar sólo algunos. Esta observación, pues, abre la puerta a la necesidad de reconsiderar el alcance estructural de la semiótica lotmaniana y, por tanto, su afinidad con el proyecto francés, combinación, por desgracia, descartada precipitadamente por Greimas. Sin embargo, a veces, algunos escritos parecen señalar que las razones de esta no unión son más políticas que académicas, en virtud del hecho de que, al menos en la Francia de aquellos años, no se podía ser estructuralista y marxista al mismo tiempo, etiqueta que quizá se otorgó indebidamente a la escuela de Tartu.
De todos modos, un intento reciente de una posible semiótica de la cultura de estilo parisino ha tomado forma bajo el impulso de las investigaciones de Jacques Fontanille. En particular, a través del encuentro con los recientes trabajos antropológicos de la llamada vuelta ontológica (Descola, 2005; Viveiros de Castro, 2008), Fontanille (2015) propone una “semiótica existencial” centrada en la constitución de los colectivos, sus formas de persistencia y los universos significantes que construyen. El modelo del semiólogo se construyó inicialmente en torno a la noción de “formas de vida”, definidas como configuraciones derivadas de la etología animal, es decir, formas naturales de existencia que subyacen (y preceden) a las formaciones culturales (Châtenet y Di Caterino, 2024). Al profundizar en esta investigación sobre los “colectivos”, en particular a partir de Descola y luego de Viveiros de Castro, Fontanille (2021) sitúa en el centro de su modelo una enunciación antropológica, definida como la manera en que los colectivos humanos crean los “mundos” dentro de los cuales son susceptibles de encontrar, proyectar o construir sentido en sus vidas, prácticas e interacciones dentro de sus entornos (Fontanille, 2019, p. 63). Esta idea le permite dar un último paso hacia una antroposemiótica “perspectivista” que, sin embargo, abandona la cultura, tal y como la definieron Lotman y los antropólogos estructuralistas, para estudiar finalmente la multitud de puntos de vista diferentes de las culturas: actitudes y experiencias que conforman colectivos, cada uno dotado de su propia cultura en relación con los demás y con el mundo que le rodea.
En este renovado ámbito de la semiótica se inserta la crítica a la semiosfera de Lotman (1985) que, según Fontanille, a pesar de su relevancia para este proyecto, parece sufrir dos grandes limitaciones. La primera se referiría a su fundamento dialógico (entre “nosotros” y “ellos”), que no permitiría estudiar la “polifonía” de las culturas, limitándose a adoptar una perspectiva dialógica relativa únicamente a dos interlocutores culturales (Fontanille, 2019, pp. 67-70). La segunda se referiría a la rigidez perspectivista de la semiosfera, que opondría unilateralmente el “nosotros” y el “otro”; este último posicionado al otro lado de la cultura de referencia, que no sería posible analizar adoptando su punto de vista. Son estas supuestas carencias las que llevan a Fontanille a apartarse del camino de una semiótica de la cultura como la de Lotman, adoptando las propuestas del perspectivismo en antropología.
A partir de esta reconstrucción histórica tan fragmentada, queremos intentar devolver valor al concepto de semiosfera que, según nosotros, sigue teniendo utilidad dentro de la reflexión analítica en semiótica. Por ejemplo, en un reciente trabajo nuestro (Châtenet y Di Caterino, 2024), contrariamente a la opinión de Fontanille, sosteníamos que la semiótica de las culturas de Lotman y de la escuela de Tartu parece haber ofrecido ya una solución a la cuestión perspectivista, tan de moda hoy en día. De hecho, como sabemos, en los análisis a través de la semiosfera, el “otro” siempre está presente como fuerza motriz de la significación, y queda atrapado en un conjunto de traducciones dinámicas que definen las perspectivas en juego. En otros términos, la práctica analítica semiótica requiere la adopción de un punto de vista o, mejor dicho, una perspectiva que, en realidad, describe los sistemas diferenciales dentro de las estructuras subyacentes a los textos culturales analizados. En estos términos, la semiosfera aparece entonces como un modelo de la alteridad capaz de dar cuenta formalmente de las representaciones colectivas y de las identidades que se constituyen y se recomponen por medio del “otro”. En esta dirección de investigación, la semioesfera, a través de la perspectiva inclusiva del “otro”, se convierte, según nosotros, en una herramienta analítica eficaz para estudiar aquellas dinámicas contemporáneas sobre la construcción de las identidades colectivas dentro de las redes sociales.
En particular, creemos que el trabajo de Lotman (1985) nos permite aportar una visión dinámica a las llamadas “burbujas de filtrado” (filter bubbles) que delimitan y determinan los grupos presentes en las redes sociales (Pariser, 2011). De hecho, al considerar los grupos sociales digitales como semiosferas —es decir, como un espacio en el que los diferentes sistemas de signos de una cultura (el lenguaje, el arte, las ciencias, etc.) existen y generan nueva información—, podemos dar cuenta de aquellos procesos internos y externos que garantizan su existencia y renovación, a pesar del cierre respecto a otros grupos o semiosferas. A este respecto, basta recordar que uno de los rasgos distintivos de la semiosfera es precisamente su delimitación, su “frontera” no hermética que separa pero que, al mismo tiempo, “filtra”, permitiendo el diálogo entre un espacio cultural y otro. Ahora bien, si analíticamente nos centramos sólo en lo que sucede dentro de los colectivos presentes en las redes sociales, podemos considerar las interacciones individuales como semiosferas en sí mismas, que, dialógicamente, mantienen relaciones de contaminación/traducción. Pensemos, por ejemplo, en grupos de Facebook dedicados a los amantes de los animales. La miríada de discusiones que se generan en estas plataformas no hace sino dar lugar a nuevos centros de interés, dedicados a tipos particulares de animales (perros, gatos, peces dorados) o a temas más específicos como su alimentación o cuidado.
Como sabemos, Lotman logra dar cuenta de este escenario a través de los ejemplos del espejo roto y de la matrioska, por lo que el interior de la semiosfera es, a su vez, una estructura dinámica donde diversas fuerzas —susceptibles de ser consideradas, según las pertinencias establecidas por el analista, como tantas otras semiosferas— contribuyen a describir la totalidad de la identidad cultural de la primera. Por lo tanto, a través de este proceso, donde las diferentes interacciones sociales contribuyen a aportar sus propias creencias a un único sistema de creencias (saberes) ya establecido (todos los fragmentos del espejo roto reflejan lo mismo), asistimos al fenómeno de agregación por contagio, que determina una creencia colectiva, es decir, una identidad.
De hecho, como explica Bartezzaghi (2019, p. 218), dentro de los grupos sociales, la adhesión o el consenso ocurre a través de una automanipulación. En otros términos, al tratarse de una semiosfera en cuanto instancia colectiva, compuesta a su vez por otras semiosferas, cada uno de los usuarios se manipula a sí mismo y a los demás. Este mecanismo tiene lugar al transformar, en los comentarios, a cada destinatario en un posible destinador (Greimas, 1983) que relanza viralmente la apuesta a través de imperceptibles mutaciones del contenido. Dicho de otra manera, si consideramos los grupos presentes en las redes sociales como micromundos en los que vivimos nuestra vida onlife1 (Floridi, 2014), replicamos de forma extremada aquella práctica que nos pertenece desde siempre y que define a las culturas en las que vivimos: la compartición. La paradoja es que, en las comunicaciones a través de redes sociales, la compartición masiva de contenidos determina un aumento de la atención respecto a estos últimos. Así, incluso los elementos más banales, obvios y, sobre todo, menos creíbles, saltan a la luz de la crónica (Bartezzaghi, 2019, p. 184). En este sentido, se inscribe perfectamente la lógica de TikTok, una red social que “rebota” contenidos breves, en su mayoría lúdicos, que ciertamente no favorecen la difusión de contenidos informativos.
Volvamos a cambiar de perspectiva y centrémonos ahora en las dinámicas externas de la semiosfera como grupo social. Desde esta perspectiva, el principio que se debe tener en cuenta se refiere a su existencia, garantizada por la especularidad diferencial respecto a las otras semiosferas que la rodean. Así, las creencias a las que un grupo adhiere, identificándose con ellas, son opuestas o al menos de “signo diferente” respecto a las de otros grupos. De este modo, las demás identidades, las “externas”, son necesarias para describir y delimitar nuestra identidad “interna”. Esto implica que la “burbuja” que delimita y define los grupos sociales, al igual que las semiosferas, no está completamente cerrada, sino que permite, en cierta medida, un tipo de dialogismo que garantiza la existencia y renovación. La semiosfera de Lotman, en definitiva, nos enseña que las burbujas de los universos de las redes sociales son menos herméticas de lo que se piensa y que su función es en realidad dual.
Por ejemplo, si analizamos los contenidos, es decir, las creencias que definen las identidades colectivas de los grupos de Facebook con tendencia conspirativa, no podemos sino constatar su especularidad respecto a los contenidos de la comunicación “oficial”. Después de todo, sin una narrativa oficial, no puede haber una hipótesis de conspiración que intente desmontarla. Así, la “fuente” principal del discurso conspirativo es necesariamente el discurso ordinario que, despojado de todas sus apariencias, se convierte en discurso “esotérico”, es decir, reservado a unos pocos iniciados que creen poseer un conocimiento superior. Sin embargo, esta transformación no es un simple “negacionismo”. Por el contrario, los contenidos oficiales son adaptados, hibridados y “bricolados” para llegar a una verdad alternativa que sea creíble en relación con las creencias sedimentadas en el imaginario colectivo de los grupos implicados. Así, se mezclan fragmentos de verdad, generalmente el “hecho” en sí mismo, con elementos que describen un escenario diferente.
Como hemos visto, el precio a pagar para garantizar la existencia y supervivencia de un mundo “alternativo” es un continuo proceso de renovación, con nuevos contenidos que siguen confirmando las creencias preexistentes en tanto formas de “pre-verdad” (Paolucci, 2023). Por ejemplo, grupos sociales negacionistas sobre el COVID-19 sostienen que el nuevo virus de la viruela del mono ya estaba contenido en la vacuna “AstraZeneca” para generar una nueva pandemia y su respectivo plan pandémico. En otros lugares leemos que los alienígenas, cuya aparición hemos esperado durante siglos, deberían finalmente intervenir para evitar una crisis nuclear entre Estados Unidos y Rusia debido al conflicto en Ucrania. En cuanto a la libertad de expresión, se dice que detrás del arresto del fundador de Telegram, Pavel Durov, estarían la mano del Mossad, de Soros y, por lo tanto, del “deep state”, que se opondría a la existencia de una red social realmente libre de cualquier forma de interferencia desde arriba. Además, el atentado contra Trump habría sido una “bandera falsa” organizada estratégicamente para relanzar la candidatura del expresidente estadounidense. Las variantes pueden ser muchas y evolucionar de forma continua, precisamente para evitar cualquier intento de refutación.
En este punto, podemos vislumbrar una vocación del análisis semiótico orientada a establecer la credibilidad de los discursos mítico-conspirativos (Madisson y Ventsel, 2021) determinada por su naturaleza “híbrida”. En otras palabras, siempre volvemos a la semiosfera y a su identidad interna, determinada y, sobre todo, bricolada gracias al dialogismo respecto a las semiosferas circundantes.
El estudio de los colectivos virtuales en las redes sociales a través de la semiosfera nos permite vincularnos con la cuestión de los factores de credibilidad de los textos y discursos en la llamada era de la posverdad. En este sentido, nuestra hipótesis es que la significación de un texto o discurso es tanto más efectiva (y, por lo tanto, creíble) cuanto más logra inscribirse coherentemente dentro de la semiosfera, es decir, dentro de un sistema cultural y semiótico que organiza la visión del mundo compartida por una comunidad (Di Caterino, 2025).
En particular, nos parece que la efectividad depende de la capacidad de la semiosfera para reflejar y actualizar de manera coherente una identidad cultural y un sentido común. Sin embargo, esto no es suficiente. De hecho, hay que subrayar que la significación de un texto o discurso también reside en su capacidad de poner momentáneamente en crisis el sistema de creencias culturales existentes, para reconfigurar constantemente sus contornos y límites. En este sentido, los textos y discursos nunca son entidades aisladas, sino representaciones actualizadas de un mundo cultural ya transmitido y evaluado a través de formas textuales preexistentes. La cuestión de su credibilidad, por lo tanto, se inscribe en una lógica de intertextualidad y traducibilidad dentro de la semiosfera.
El proceso de traducción e innovación de un texto o discurso nunca es casual, sino que deriva de una selección consciente de elementos semióticos y culturales ya sedimentados, que son reinterpretados para conferir significado y legitimidad al nuevo discurso. Según nosotros, este fenómeno puede interpretarse en términos de bricolaje (Lévi-Strauss, 1962), práctica enunciativa (Floch, 1995) o, como sugiere Lotman (1985), como una dinámica traductiva que regula la continuidad y evolución de las culturas. Por lo tanto, al postular la naturaleza sistemático-diferencial de la semiosfera, consideramos que el análisis de la credibilidad de los textos y discursos debe llevarse a cabo en dos niveles de la semiosfera: I) internamente, a través del estudio de las formas semióticas que estructuran su coherencia interna, y II) externamente, analizando la migración y actualización de formas ya sedimentadas y culturalmente eficaces.
Ejemplos emblemáticos de esta dinámica pueden observarse nuevamente en el fenómeno de las fake news y su difusión en redes sociales. De hecho, una noticia falsa es creíble para su audiencia no sólo porque se alinea con la visión del mundo presente dentro de una semiosfera específica, sino también porque reelabora, aunque sea mínimamente y de manera coherente, narraciones y esquemas discursivos ya sedimentados. Por ejemplo, las teorías de conspiración relacionadas con la política o la ciencia encuentran un terreno fértil cuando se insertan en una tradición de sospecha hacia las instituciones o los medios de comunicación oficiales (Di Caterino, 2024). Pensemos en el clásico complot del “Deep State”, una entidad secreta compuesta presuntamente por lobbies y redes masónicas: única responsable de los acontecimientos que determinan nuestras condiciones sociales. Esta visión no es casual, sino que sigue una lógica semiótica de selección y readaptación de elementos ya conocidos y culturalmente efectivos. En este sentido, las fake news no se limitan a replicar contenidos ya expresados, sino que elaboran una verdadera narrativa que da nueva vida a los contenidos en cuestión (Di Caterino, 2020). No es casualidad que la narrativa sobre los presuntos fraudes electorales en la elección de Biden en 2020 haya sobrevivido, traduciéndose a los acontecimientos previos a la nueva elección de Trump.
Encontramos los mismos mecanismos en el campo de la publicidad y el marketing. De hecho, el éxito de una campaña comunicativa depende de su capacidad para integrarse coherentemente dentro de la semiosfera de referencia del público objetivo. Por ejemplo, el rebranding de algunas marcas históricas suele pasar por la recontextualización de símbolos y valores ya sedimentados. Algunos casos emblemáticos son los de marcas como Nike o Apple, que construyen su credibilidad a través de una continua reinterpretación de valores culturales como la innovación, el individualismo y la libertad creativa, actualizando su discurso sin perder coherencia con su tradición. No es casual que hoy en día se hable tanto de marketing reputacional, donde los contenidos de las grandes marcas, expuestos mediante el uso masivo de las redes sociales, están de hecho sometidos al juicio del público usuario. Son estos últimos quienes deciden si el discurso publicitario resulta creíble en relación con los valores y, por tanto, con la identidad que una marca transmite.
Todos estos ejemplos muestran cómo la credibilidad de un texto o de un discurso no es un valor intrínseco, sino el resultado de una interacción dinámica entre coherencia interna y capacidad de reelaboración de formas semánticas ya reconocidas y evaluadas a través de la semiosfera.
A partir de su recepción fragmentada, hemos visto cómo la semiosfera sigue siendo una herramienta analítica capaz de explicar fenómenos contemporáneos de la comunicación digital. En particular, hemos observado que el análisis de las semiosferas digitales resulta útil para interpretar la formación de burbujas informativas y la modulación de creencias colectivas.
La aplicación a objetos como el universo de lo “fake” y las narraciones mítico-conspirativas nos muestra que la credibilidad de un discurso no es un valor intrínseco, sino siempre el resultado de una interacción entre la coherencia interna y la capacidad de reelaborar formas semánticas ya reconocidas dentro de una determinada semiosfera. Desde esta perspectiva, las plataformas sociales se convierten en espacios de negociación del sentido, donde la construcción de la verdad depende de las dinámicas de traducción y reinterpretación de los discursos existentes y circulantes en la cultura.
El proyecto por desarrollar concierne una posible integración de la semiosfera con modelos de análisis computacional de big data para comprender mejor la difusión de las fake news y el papel de los algoritmos en la construcción del sentido común. Además, una perspectiva interdisciplinaria podría enriquecer el análisis de la semiosfera, combinando los enfoques de la semiótica con los de la sociología digital y la ciencia de datos.
[1] Esta expresión, acuñada por Luciano Floridi, indica el aspecto híbrido de nuestras vidas que necesariamente se desarrollan tanto en el mundo empírico como en el virtual.
Acerca del autor
Angelo Di Caterino es investigador en la Università Telematica eCampus (Como, Italia), docente en la Università di Torino y miembro del CeReS (Centre de Recherches Sémiotiques).